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A propósito de abucheos
En un texto publicado en El Economista, hace una semana, el estimado Roy Campos expresó con motivo del abucheo dedicado al presidente López Obrador, durante la inauguración del estadio de beisbol Alfredo Harp Helú, que “‘la prueba del estadio’ es un reto muy difícil para cualquier mandatario, casi imposible. Desde aquel 1986 en la inauguración del Mundial de Futbol, cuando le dieron tremendo abucheo a Miguel de la Madrid en el Estadio Azteca, es muy difícil que un mandatario ‘salga vivo’ de uno”.
Por tener más edad que Roy me voy a permitir enmendarle la plana. Contaré dos anécdotas que viví de cerca. El abucheo más memorable para un presidente mexicano sí tuvo como escenario el Estadio Azteca, pero no en 1986 sino veinte años antes, el 29 de mayo de 1966, día de su inauguración.
Don Emilio Azcárraga Vidaurreta era un hombre que se expresaba con franqueza. Cuando Ernesto P. Uruchurtu fue ratificado por el presidente López Mateos para un segundo período como Regente del Distrito Federal, don Emilio manifestó de manera irónica: “¿Cuánto puede durar Uruchurtu en su puesto, doce, diez y ocho años? Telesistema Mexicano –su empresa- durará toda la vida”. Alguna ‘mano amiga’ le comunicó, tal vez descontextualizado, el comentario del empresario al llamado Regente de hierro. Por este motivo, éste le tomó inquina al apellido Azcárraga, según se supo después.
En febrero de 1960, Emilio Azcárraga Milmo compró el equipo de futbol América. En aquel entonces los tres equipos capitalinos América, Atlante y Necaxa –Universidad y Cruz Azul aún estaban en la segunda división- jugaban en el Estadio de la Ciudad Universitaria. Ya con la idea en mente de organizar, tarde o temprano, un Campeonato Mundial de Futbol en nuestro país, Azcárraga Milmo, impulsado por Guillermo Cañedo, decidió, en 1962, construir un estadio de características monumentales que sería sede de su equipo y de los otros dos clubes capitalinos: El Atlante que pertenecía al impresor Fernando González (Fernandón) y el Necaxa, propiedad de Miguel Ramírez Vázquez, quien aprovechó la ocasión para venderle el equipo al joven empresario de la televisión. Azcárraga Milmo nombró presidente de los ex electricistas a su amigo el ex futbolista y publicista Julio Orvañanos, uno de mis primeros patrones, razón por la cual conozco bien la historia que estoy narrando. Así nació Futbol del Distrito Federal, empresa que administraría el nuevo estadio.
Ese mismo año, los pumas universitarios subieron a la primera división pero, obvio, ellos jugaron, como hasta ahora, en su propio estadio. Dos años después ascendió al máximo circuito el Cruz Azul que jugaba en Jasso, Hidalgo y que, años después, lo hiciera en el Azteca.
En un principio, el señor Azcárraga Milmo pensó construir el estadio en terrenos del Estado de México. Enterado de ello, el licenciado Uruchurtu lo convenció para que la majestuosa obra se erigiera en la Capital de la República. Le facilitó unos terrenos del ex ejido de Santa Úrsula, en Tlalpan.
Por medio de la televisión se convocó al público a ponerle nombre a la magna obra. Se impuso la denominación Estadio Azteca (EA) que, casualmente, son las mismas iniciales de Emilio Azcárraga.
Con financiamiento propio y de la Compañía General de Aceptaciones, la obra fue concluida en dos años. Pero ahí es donde comenzó la venganza de Uruchurtu. Al primer intento de apertura el Departamento del Distrito Federal alegó insuficiencia de baños. Se construyeron más baños. Las siguientes tentativas de inauguración fueron negadas pretextando necesidad de separación de lugares, falta de accesos fluidos y de vialidades. La empresa futbolística realizó, construyó, todos los caprichosos requisitos que don Ernesto exigió; levantó hasta pasos a desnivel. Así pasaron cuatro años con el estadio terminado. Además del costo que implicaba que los equipos del Distrito Federal jugaran en CU, los intereses del financiamiento se multiplicaban.
Un día, Emilio Azcárraga Milmo coincidió en una boda con el presidente Díaz Ordaz y le contó de la situación por la que atravesaba su magna obra y de los altos intereses que estaba pagando por no poder inaugurarla. El presidente le ordenó a su regente que diera luz verde a la apertura del estadio. Uruchurtu argumentó que debido al gran aforo de la obra podría haber problemas de tránsito. El Ejecutivo fue inflexible. El estadio debe inaugurarse.
Don Ernesto accedió. Inexplicablemente, el presidente asistió al estreno del escenario futbolístico en automóvil. Llegó casi una hora tarde a la inauguración. El abucheo con el que fue recibido fue más grande que el Coloso de Santa Úrsula.
ALM y GDO
El presidente más querido de México, en el tiempo que llevo con uso de la razón, ha sido don Adolfo López Mateos. Me consta cómo era recibido con grandes ovaciones en los eventos públicos a los que asistía –boxeo, automovilismo y toros. El 16 de septiembre de 1964, se enfrentaron en El Toreo de Cuatro Caminos, disputándose el Campeonato Mundial de Peso Pluma, Ultiminio Ramos y Vicente Saldívar. Don Adolfo asistió al enfrentamiento acompañado del presidente electo Gustavo Díaz Ordaz. La ovación para el querido presidente que iba de salida fue de lujo. A GDO, que era de san Andrés Chalchicomula, Puebla, pero sus dientes eran de fuera, se le veía incómodo ante la carismática figura de ALM. Nervioso, sonreía. Aprovechando un silencio de la multitud, un espectador le gritó con voz estentórea: ¡Gustavo, se te está saliendo el protector!

