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Estar viviendo sin verte

Xavier Villaurrutia.
¡Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte
de estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia!
Esta lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo imprevisto;
este caer sin llegar
es la angustia de pensar
Desde que Xavier Villaurrutia nació, el 27 de marzo de 1903, parecía tener nostalgia de la muerte. Más que primaveral, era nocturno. Más poeta que teatrero pero narrador, periodista, maestro y dramaturgo.
Nacido en la Ciudad de México, inició sus estudios en el Colegio Francés y después se inscribió en la Escuela Nacional Preparatoria. Justo cuando los miembros del Ateneo de la Juventud habían esculpido su legado en piedra y mármol, pues serían los investigadores, narradores, músicos, pintores y poetas del mañana que vendría. Allí, rodeado de figuras como Alfonso Reyes, Julio Torri, José Vasconcelos y Antonio Caso, el joven Xavier se contagiaría de poesía. Y se convertiría en uno de los más fieles amigos de Salvador Novo, personaje también esencial de la cultura mexicana del siglo XX. Juntos, compartirían importantes proyectos y mucho tiempo de vida. Ambos escritores, con ganas de romper esquemas y organizar novedades, eran diferentes en algo esencial: Villaurrutia no compartía con Novo el humor satírico e incisivo, esa pasión por torcer las conciencias ajenas y tampoco su manera de escribir: un escándalo de verdades incómodas y confesiones de sueños rotos que después estallarían en burlonas carcajadas.
Con Salvador Novo, Xavier Villaurrutia hizo la revista Ulises y fundó la de Contemporáneos, nombre que compartiría toda una generación. Ninguno más contento que él al decir que pertenecía al “grupo sin grupo” pues era más bien taciturno, le disgustaba tratar con mucha gente para hacer teatro y le fascinaba la poesía, uno de los oficios más solitarios del mundo. Su singularidad, junto con la de los demás pertenecientes a los Contemporáneos la describió otro poeta, José Gorostiza, en una carta a Carlos Pellicer que dice así:
“¿Sabes, Carlos, que lo malo de ti es que eres no un poeta, sino dos? —le escribió un día José Gorostiza a Pellicer. El que me gusta a mí — le decía—, es el poeta de los sentidos. Ojalá que fueras siempre ese poeta. En el edificio de nuestra poesía, eres la ventana; la ventana grande que mira al campo, hambrienta, cada noche, de desayunarse un nuevo panorama, cada día. Nosotros —tú lo sabes—, somos las piezas de adentro. Xavier (Villaurrutia) el corredor. Los demás, las alcobas. Hasta la última, la del fondo, que es Jaime Torres Bodet, está amagada de penumbras, con una ventanita alta a la huerta, y dentro, en un rincón, la lámpara en que se quema el aceite de todas las confidencias. ¿Salvador Novo? La azotea. Los trapos al sol. ¡Y ese inquieto de González Rojo, que no se acuesta nunca en su cama!”
Al principio, Villaurrutia era un poeta fascinado con la compleja sencillez de las palabras, pero poco a poco se fue llenando de espíritus, visiones, saludos a la muerte y referencias al insomnio y a las noches. Noches interminables, poesías que se llamaron nocturno amor, nocturno eterno, nocturno rosa, nocturno mar, nocturno muerto. Sin nada de calor o solecito. ¿Ha leído usted algo más desesperanzadamente gélido, lector querido, como este verso “sábana, nieve, de hospital invierno / tendido entre los dos como la duda” ?.
Frío, aunque estuviera hablando del amor; tema del que Villaurrutia se hacía preguntas todo el tiempo. Para escribir respuestas eran siempre diferentes.
Vayan, como ejemplo, estos versos: Amar es una sed, la de la llaga/ que arde sin consumirse ni cerrarse, / y el hambre de una boca atormentada /que pide más y más y no se sacia. /Amar es una insólita lujuria/ y una gula voraz, siempre desierta.
Después de iniciar la carrera de Derecho, y sin dejar de escribir nunca, Villaurrutia abandonó la abogacía para dedicarse absolutamente al teatro. Ganó una beca de la Sociedad Rockefeller para estudiar arte dramático en la Universidad de Yale, tradujo a Andre Gidé, William Blake, Anton Chéjov, Jules Romains y Lenormand y fue coguionista de películas como Vámonos con Pancho Villa, Cinco fueron escogidos, La mujer de todos y también autor de La mujer sin cabeza, Distinto amanecer y La mujer legítima. Incluso estuvo nominado un par de veces para el Ariel por su labor como guionista de cine.
Durante cinco años fue crítico cinematográfico en la revista Hoy y colaboró en publicaciones como El Hijo Pródigo, Examen, y Letras de México. Su fallecimiento, misterioso y trágico, ocurrido el 25 de diciembre de 1950, provocó que todos se quedaran como un mar sin olas, desolados.
Dicen que tras su desaparición, Villaurrutia dejó un nocturno inconcluso y dos o tres poemas que todavía se esconden. Sin embargo, lector querido, porque esta semana conmemoramos los 123 años de su nacimiento, les regalo la memoria, la nostalgia y el final de su maravillosa “Décima Muerte”.
¡Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte
de estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia!
Esta lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo imprevisto;
este caer sin llegar
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.
