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La ventana de Palacio Nacional

Nalleli Candiani | Columna invitada
Hoy ya no podemos entrar a Palacio Nacional.
En una ventana aparece una figura. Piernas extendidas, leyendo como en un patio privado: borrosa, indefinida.
La imagen de unas piernas sin cabeza: una imagen inquietante desde el Palacio Nacional.
Si la imagen es real o no, es irrelevante. Lo significativo es que una escena así pueda tener lugar ahí.
Palacio Nacional no es, y nunca debería ser, una casa. Es una acumulación de poder: Moctezuma, el virreinato, la república.
Tras la caída de Tenochtitlán en 1521, Hernán Cortés mandó construir su residencia sobre las casas de Moctezuma. En 1563, la Corona española lo convirtió en sede del virreinato. Desde entonces, el poder se instaló ahí como estructura.
En el siglo XIX, cuando el Estado mexicano aún se estaba formando, Benito Juárez vivió ahí tras la Restauración de la República en 1867. También lo hizo Porfirio Díaz hacia finales de ese siglo. Pero ese modelo cambió. En 1934, Lázaro Cárdenas tomó una decisión decisiva: rechazó habitar el Castillo de Chapultepec, símbolo del poder porfirista. La residencia presidencial se trasladó a Los Pinos. El Palacio permaneció.
Frente al Palacio, el Zócalo de la Ciudad de México replica esa lógica. No es una plaza cualquiera. Su escala lo evidencia: casi 47 mil metros cuadrados.
Para comparar: la Plaza Mayor de Madrid tiene alrededor de 12 mil metros cuadrados; la Plaza de Oriente, cerca de 32 mil. El Zócalo no solo es simbólicamente central. Es físicamente descomunal.
Su trazo colonial del siglo XVI responde a una lógica precisa: organizar el territorio desde el centro.
Los monumentos del poder no se ocupan, se resguardan. Habitar Palacio Nacional bajo el nombre de austeridad, es una apropiación simbólica de este centro de poder.
Ahí se articulaban el político (el Palacio), el religioso (la Catedral), el normativo (el Cabildo) y el mercado. Una disposición que no solo ordenaba: también subordinaba.
El acceso no era libre. Era condicionado.
Hoy, el Zócalo permanece ocupado: eventos, movilizaciones, cercos, programas sociales, discursos interminables. Su uso es constante; su acceso, variable.
Llegar implica encontrar límites: vallas, accesos restringidos, recorridos controlados. El ingreso al Palacio es esporádico y condicionado.
La circulación no se prohíbe: se coreografía.
Una plaza pública deja de serlo cuando su acceso se restringe de forma sistemática.
El Palacio se habita. La plaza se administra.
El poder no solo se ejerce. Se instala.

