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Trumpericita feroz y el lobo gris mexicano

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Había una vez, en un país muy, muy lejano —aunque peligrosamente pegado al nuestro— un orate que cuando le convenía se hacía pasar por una niña llamada Trumperucita Anaranjada, ella vivía en una enorme Casa Blanca, no tenía abuela, era feroz; tenía un anhelo: acabar con el lobo gris mexicano.
—Ese lobo es peligroso —decía. —¿A quién atacó? —A nadie. —¿Entonces qué hizo? —Es mexicano. —¿Y? —¿Te parece poco?
Una mañana Trumperucita tomó su canasta y salió al bosque. No llevaba pastelitos, llevaba órdenes ejecutivas, aranceles, amenazas y un mapa donde Estados Unidos aparecía más grande de lo que de por sí ya era después de robar, hace años, territorios vecinos. Su misión era encontrar al lobo gris mexicano, que llevaba años tratando de sobrevivir sin molestar a nadie.
Cuando el lobo supo que Trumperucita lo buscaba, se escondió. —¿Por qué huyes? —le preguntó un conejo. —Porque dice que quiere protegerme. —¿Y por qué huyes si él quiere protegerte? —Porque ya vi cómo protege.
Trumperucita recorrió el bosque gritando: —¡Lobito! ¡Lobito! ¡Sal, que no te voy a hacer nada! El lobo, además de gris y mexicano, no era pendejo.
Trumperucita decidió disfrazarse de leñador. Buenos días —dijo al encontrarlo. Soy un humilde leñador. El lobo lo miró. —¿Y el hacha? —Para cortar árboles. —¿Y por qué dice Make America Great Again? Trumperucita escondió el hacha. —Es la marca. El lobo salió corriendo más rápido que la segunda renuncia de Rocha Moya
Trumperucita reunió a los animales. —¡Ese lobo amenaza nuestra seguridad nacional! Un venado levantó la pata. —¿Se comió a alguien? —No. —¿Atacó una granja? —No. —¿Se metió ilegalmente al bosque? Trumperucita sacó un mapa. —Peor, nació demasiado cerca de México. Una ardilla estudió el mapa. —Pero parte de este bosque antes era mexicano. La ardilla fue deportada.
Trumperucita, decidió hacerse pasar por anciana. Se puso camisón, cofia y lentes y se metió en la cama de una cabaña. Cuando llegó el lobo, la observó con sospecha. —Abuelita, abuelita, ¿por qué tienes la piel con ese color entre mandarina, zanahoria y semáforo en preventiva? —Porque me asoleo en Mar-a-Lago jugando golf; —¿por qué tienes las manos tan chicas? —¡Eso es propaganda de la prensa enemiga! —¿Y por qué tienes la boca tan grande? —Para decir que soy el mejor presidente de la historia. —¿Y esos dientes tan grandes? —Para clavarte mejor los aranceles.—¿Y esos ojos tan grandes? —Para vigilar la frontera. —¿Y esas orejas tan grandes? —Para escuchar a todos. —¿A todos? —A todos los que están de acuerdo conmigo. —¿Y por qué tienes el ego tan grande? —Porque el mundo gira a mi alrededor. —¿Y por qué quieres acabar conmigo? —Porque eres un lobo frijolero… Además, eres el lobo malo del cuento. El lobo sonrió: —Pinche abuelita, creo que te equivocaste de cuento
El lobo comenzó a retroceder. Trumperucita saltó de la cama. —¡Te descubrí, lobo gris mexicano! —Ni madres —contestó el lobo—. Yo te descubrí desde que te vi las manos chicas. Y escapó más veloz que Isaac del Toro.
Trumperucita ordenó entonces levantar un enorme muro. —¡Así el lobo no podrá entrar! El búho, famoso por sabio y por no aspirar a un cargo público, aclaró: —Pero el lobo ya está adentro. Entonces no podrá salir. ¿No querías sacarlo? —¡No me vengas con tecnicismos!
El Lobo Gris Mexicano observaba todo desde las montañas. Había sobrevivido a cazadores, trampas, hambre y sequías. Ahora tendría que sobrevivir a Trumperucita Anaranjada.
En el cuento que nos contaban de niños, el peligroso era un lobo feroz disfrazado de abuelita. En éste, el peligro es una Trumpericita feroz disfrazada de víctima. Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado. Porque el lobo gris mexicano sigue libre. Y Trumperucita Anaranjada sigue buscando un lobo al cual culpar, cada vez que el bosque se le incendia y se le incendia muy a menudo.


