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Trumpérica

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Donald Trump volvió a demostrar que la geografía es una ciencia demasiado seria como para dejarla en manos de los geógrafos. El presidente de Estados Unidos difundió en Truth Social una imagen en la que México, Canadá, Islandia, Groenlandia y las islas del Caribe, aparecen unidos a Estados Unidos en una sola nación, cubiertos por la bandera de las barras y las estrellas y bajo un nombre modesto, discreto y nada imperialista: “Estados Unidos de América”.
En el mapa también aparece el “Golfo de América”, denominación con la que Trump decidió rebautizar al Golfo de México. Porque para el Orate Anaranjado resulta más fácil cambiar el nombre que cambiar la realidad.
Un día antes había difundido otra imagen. Esta vez la víctima fue New Mexico, el estado estadounidense, donde la palabra “Mexico” aparecía tachada y sustituida por “America”: New America. Con esto propone borrar la palabra México del nombre de uno de los 50 estados de su propio país. Al parecer, el término le resulta tan despreciable que no quiere encontrarlo ni dentro de Estados Unidos.
A este paso, la comida mexicana será “comida americana con antecedentes” y cualquier restaurante llamado Mexican Grill deberá presentarse voluntariamente ante el Servicio de Inmigración.
Lo curioso es que New México se llama así desde mucho antes de que Trump llegara a la Casa Blanca, inclusive desde antes que su abuelo, migrante alemán, se estableciera en Nueva York.
Debe ser deformación profesional. Trump pasó buena parte de su vida poniendo su apellido en edificios, hoteles, casinos y campos de golf. Trump Tower, Trump Hotel, Trump Golf. Era cuestión de tiempo para que mirara un mapamundi y pensara: aquí falta mi marca.
Y entonces aparecieron en el mapa: Groenlandia, Canadá, Estados Unidos, México, las islas del Caribe y hasta Islandia de pilón, convertidos en un solo territorio estadounidense. Nada de tratados internacionales, soberanías nacionales, fronteras, constituciones, ni esas minucias que complican tanto los negocios inmobiliarios.
Canadá tampoco debería sorprenderse. Trump ha hablado reiteradamente de convertirlo en el estado 51 de la Unión Americana. Ahora, en su mapa, parece haber decidido simplificar los trámites: en lugar de anexarlo, simplemente lo coloreó.
Con México fue todavía más práctico: ni muro ni deportaciones. Anexión gráfica.
Hay que reconocer que la nueva doctrina internacional estadounidense tiene la ventaja de ser sencilla. Cabe perfectamente en un tablero de Monopoly: comprar, vender, anexar, poner hoteles y cobrar renta. El pequeño inconveniente es que México no es Atlantic City ni Canadá un terreno baldío junto a Mar-a-Lago. Y las fronteras no son rayas que puedan borrarse con el marcador presidencial cuando estorban.
Quizá todo sea una provocación. Con Trump nunca se sabe dónde termina la broma y empieza la política exterior. Publica una imagen y obliga a medio mundo a discutir si está jugando, amenazando, negociando o simplemente divirtiéndose con la Inteligencia Artificial. Probablemente las cuatro cosas.
Mientras tanto, los mexicanos deberíamos estudiar cuidadosamente ese nuevo mapa. Si Trump insiste en incorporarnos a Estados Unidos, habrá asuntos que negociar. Para empezar, las visas. Sería el colmo que después de anexarnos siguiéramos necesitando visa —cita y pasaporte— para entrar al país al que, según su mapa, ya pertenecemos.
También habría que discutir la representación política: con unos 130 millones de nuevos habitantes, México mandaría una respetable cantidad de diputados a Washington. Y quién sabe, tanto empeño en anexarnos podría terminar con un partido mexicano decidiendo una elección presidencial estadounidense. Eso sí sería una invasión.
Y ya encarrerados a redibujar fronteras, podríamos presentar una contrapropuesta amistosa, ellos se quedan con el nombre del Golfo y nosotros recuperamos California. Texas podemos discutirlo.
Total, si la historia y la geografía se van a negociar mediante publicaciones en las redes sociales que por lo menos haya reciprocidad.
Aunque convendría hacerlo pronto. Antes de que Trump vuelva a mirar el mapamundi, descubra que América es un continente y no un país y decida resolver definitivamente el problema cambiándole el nombre: Trumpérica.

