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Fox y las alimañas

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay fotografías que explican mejor la política mexicana que veinte tomos de ciencia política. Una de ellas acaba de producirse en la sede nacional del PRI: Vicente Fox, sonriente, acompañado de Alejandro Moreno Cárdenas, Alito, presidente del tricolor, además de Manuel Añorve y Rubén Moreira, dos distinguidos miembros del club de amigos que todavía le quedan al dirigente priista.
Fox no llegó al PRI como quien visita territorio enemigo. Nada de eso. Llegó como invitado, conferencista y compañero de causa. Le faltó preguntar dónde podía tramitar su credencial del partido.
Pensar que hace apenas un cuarto de siglo aquel ranchero de Guanajuato, alto, dicharachero y con botas vaqueras, recorría el país prometiendo sacar al PRI de Los Pinos y acabar con las “víboras prietas, tepocatas y alimañas” que, según él, infestaban la política nacional. Veintiséis años después descubrimos que no quería exterminarlas, quería conocerlas mejor.
Fox llegó el pasado viernes al PRI luciendo corbata roja. El detalle tiene importancia. Es como si Drácula hubiera llegado a una convención de donadores de sangre con gafete de participante.
El hombre que en el año 2000 enterró siete décadas de priismo, años después, entró a la casa del difunto y abrazó a los deudos.
Ahí estaba Alito para recibirlo. El mismo Alejandro Moreno que ha conseguido reducir al otrora partidazo a dimensiones tan manejables que cualquiera de estos días podrán celebrar las reuniones del Consejo Político Nacional alrededor de una mesa de dominó.
Fox y Alito hablaron de “fortalecer los contrapesos”, “defender la democracia, las libertades y las instituciones”. No se ría. Es en serio. La política posee un maravilloso detergente ideológico: quita manchas, borra agravios y, aplicado generosamente, elimina hasta declaraciones históricas.
La política mexicana tiene esa maravillosa capacidad para convertir las necesidades en principios. El enemigo de mi enemigo es mi amigo, dice un proverbio. En México habría que agregar, y si las encuestas vienen mal, hasta puede convertirse en compañero de fórmula.
Por eso no debería sorprendernos que las antiguas víboras prietas hayan dejado de ser ofidios peligrosos para convertirse en compañeros democráticos; las alimañas ahora son defensores institucionales y las tepocatas que Fox prometía aplastar con sus botas resultaron ser especies protegidas.
Imagino una conversación imposible entre el Vicente Fox del año 2000 y el Vicente Fox actual: -¡Vamos a sacar al PRI de Los Pinos! -Sí, Vicente, pero no los maltrates mucho.-¡Son víboras prietas! -Futuros aliados. -¡Tepocatas! -Demócratas incomprendidos.-¡Alimañas! -Contrapesos institucionales. -¡Las voy a aplastar con mis botas! -No seas intolerante. Algún día dirás que son partidarios de la democracia.
La tragedia para PRI y PAN no es que ahora se quieran. Tienen todo el derecho. El problema es que decidieron reconciliarse cuando ambos tienen mucho menos que ofrecerse. Es un matrimonio por conveniencia entre dos patrimonios venidos a menos.
El PAN perdió músculo; el PRI perdió músculo, grasa, estatura y buena parte de la ropa. Morena, mientras tanto, contempla cómo sus adversarios históricos se abrazan tratando de juntar entre los dos lo que antes tenían cada uno por su cuenta.
Y ahí está Fox, convertido en símbolo perfecto de la metamorfosis. No sé si durante su visita alguien le recordó aquellas célebres tepocatas. Seguramente no. En política la memoria suele considerarse una descortesía. Además, sería injusto reclamarle incongruencia. Tal vez Fox simplemente evolucionó. Darwin demostró que las especies se adaptan para sobrevivir y la oposición mexicana está aportando pruebas extraordinarias a esa teoría.
Vicente Fox, tenía razón cuando dijo que a los priistas lo mañosos no se les iba a quitar nunca. Lo que olvidó aclarar es que algún día eso serviría de gran ayuda.
Hoy PAN y PRI forman parte de una oposición tan reducida que más que alianza electoral podrían organizar un viaje en un camión escolar. Y frente a la maquinaria de Morena han descubierto una novedosa doctrina política: “Amáos los unos a los otros porque, si no, nos va a cargar la chingada”.

