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La tribuna grita gol: Simon Critchley, un filósofo en el graderío

Critchley propone una fenomenología del juego. Es el filósofo que escribe con la camiseta del Liverpool pero siempre con el sombrero del pensamiento.

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Al momento de escribir este texto México tiene dos triunfos al hilo en este mundial, pretendidamente su mundial. La gente salió en masa al Ángel para celebrar ese gol fortuito de Luis Romo que nos dio el triunfo ante Corea. No hay gol feo: el triunfo vale lo mismo con jogo bonito que con un gol metido con la nariz al estilo Enrique Borja. El futbol premia al que mete la pelota. La pelota es perezosa y entra al arco más cercano, diría el clásico Fernando Marcos. También cuentan las chiripas.

Cuatrocientas mil personas salieron a la calle y atiborraron Reforma como no ha provocado acto político alguno. Y para Simon Critchley, filósofo y fan a muerte del Liverpool, ese público enloquecido es el único teatro que hace falta. En su libro En qué pensamos cuando pensamos en futbol (publicado en español por Sexto Piso, yo leí la versión en inglés), Critchley propone una fenomenología del juego, que es una manera más o menos pretenciosa de explicar lo que pasa en la cancha, en el graderío, en la cabeza de los directores técnicos y en las manos largas de la FIFA y sus directivos.

Dice Critchley que los aficionados están jugando su propio juego. Elias Canetti propone que el público va a los estadios a verse a sí mismo. Critchley está en total desacuerdo. El público viene a abandonarse en el juego, a disolverse en lo que pasa en la cancha, pero no a perderse por completo en él. Por eso la comparación con el teatro. Nos distanciamos de las acciones en el escenario aunque nos conmuevan. Necesitamos esa distancia para cumplir el pacto dramático. En el futbol el pacto es el mismo. Los espectadores, dice Critchley, están absueltos de las acciones en la cancha, tienen lo que el filósofo llama “distancia estética”: estamos para observar y opinar mientras comemos pepitas con chile. Nos distanciamos para disfrutar el show, necesitamos esa distancia para no reventarnos los ojos como Edipo o no morirnos de tristeza con ese gol que no fue.

Al final regresamos a casa, sea un poco borrachos por el triunfo o tristes y cariacontecidos por la derrota, y la vida continúa: nada de lo que vimos en el estadio es “la vida real”, el juego se queda allá—aunque existimos los que llevamos la camiseta de nuestro equipo en la vida cotidiana. Lo que es decir que somos un tanto infantiles y un tanto impresionables. En el estadio volvemos a ser niños (“la recuperación semanal de la infancia”, como dice Juan Villoro), pero en nuestro día a día ya somos adultos que estudian, trabajan y se hacen cargo de sí mismos (o de los niños que llevamos al estadio, a los que les enseñamos el juego y quienes tienen la suerte de ser niños varios años más).

Lo que Critchley no menciona es el efecto de las apuestas y la violencia de los pseudoaficionados en el modo de ver los partidos. Ahora que las casas de apuestas en línea son ubicuas, definitivamente la comezón de apostar está presente en cada aficionado que le mete dinero al calor del match. Alguien que apuesta rompe la distancia estética de la que habla Critchley citando a Gadamer. Cuando hay dinero en juego (y más cuando se trata de cantidades importantes) la emoción se transfigura y se vuelve una desgracia real. Podemos decir lo mismo de las tragedias en los estadios, esas peleas entre porras o “barras”. Hay muertes por algo tan idiota como un juego que debería ser de niños hipotéticos, no de verdaderos truhanes. El peligro emociona pero también destruye. Ya no hay teatro, la tragedia es real.

¿En qué pensaba Critchley cuando escribió su libro? Sobre todo en los mundiales, en los últimos dos en el momento de la publicación del libro, Rusia 2018 y Catar 2022, dos países corruptos y antidemócratas. La FIFA se mete a la cama con quien pague lo suficiente, la institución más capitalista de la historia.

En contraste, el modo en que el juego se juega no podría ser más socialista. Dice el autor que el futbol es socialista por excelencia (por eso el autor, un muy británico catedrático en Estados Unidos, también defiende el uso de la palabra “soccer”: un deporte de asociación). Se trata del juego en el que nadie gana por la presencia de un jugador solitario, sea Pelé, Maradona, Cristiano Ronaldo o Messi. Messi necesitó ese pase magistral de Rodrigo De Paul para anotar el segundo gol de su hat trick contra Argelia. El gol no es triunfo de un solo jugador, por eso existe la regla del offside, que premia al juego colectivo. Sin el fuera de lugar el juego sería un mero peloteo insulso de área a área (aunque eso sucede, véanse los juegos del Viernes botanero—mejor dicho “botadero”—de la Liga Mx).

El deporte se explica fácil, dice Critchley citando al legendario entrenador del Liverpool Bill Shankly: se trata de pasar y moverse de tal forma que el jugador con el balón tenga dos o tres opciones de pasarlo a un compañero y avanzar por la cancha evitando enemigos. El equipo que mejor avance en general logra anotar. Como dije arriba parafraseando a Fernando Marcos, la pelota es perezosa y se mete en el arco que le queda más cerca.

Critchley propone ideas fascinantes sacadas de filósofos indispensables para entender la posmodernidad como Gadamer, Foucault o Heidegger, pero también a autores que simplemente se han volcado en la alegría del futbol, la maldita dicha de la grada convertida en arte, como Eduardo Galeano, Peter Handke o Pier Paolo Pasolini. En una de las grandes fotos que acompañan el texto aparece Maradona marcado por medio equipo rival: a Critchley le importa explicar eso desde la filosofía.

Una proposición: el balón no es tu amigo, no importa lo que Roberto Sedinho le diga a Oliver Atton al inicio Los Supercampeones. Para Critchley el balón es un ser que se sirve a sí mismo, no sólo es un objeto que los jugadores patean, también se mueve de modos caprichosos; da la impresión que esos rebotes volátiles y cuasi voluntarios lo dotan de vida. En un intento (no sé si exitoso porque de pronto Critchley se hace bolas con diversas ideas) de “desubjetivizar” el juego, Critchley cita a Gadamer: jugar es ser jugado y el jugador debe disolverse en los objetos con los que se juega, que dejan de ser meras piezas para convertirse en seres que siguen su propio devenir. El balón juega también su partido.

El que juega ha de salirse de su cabeza para entregarse a la acción. Esto es lo que Critchley llama sacar al juego del ámbito de la subjetividad. Pensemos en Messi, sobre todo en el Messi jovencito del Barça con esa escuadra irrepetible: se perdía en el partido de modo que parecía que se movía por la cancha con una intuición jedi y todas sus jugadas se terminaban en goles que resultaban totalmente naturales. Por supuesto que ese pase de Iniesta a Leo tenía que terminar en anotación porque no hay otra manera de explicar a ese Barça, a esos jugadores y a ese Messi. Siguiendo Critchley, esos jugadores están tan entregados al juego que no piensan como individuos sino como seres inscritos en una misma entidad: el equipo completo.

Cuando ese pacto social se rompe vemos a David Luiz en la goleada que Alemania le metió a Brasil en el Mundial de 2014, el Mineirazo. En vez de agruparse y defender, Luiz y otros de sus compañeros pensaron que podían ganar el partido con acciones individuales. El resultado fue la humillación más grande que el futbol ha conocido.

En qué pensamos cuando pensamos en futbol no siempre es fácil de seguir, al menos para mí, mera amateur de la filosofía. Tuve que releer algunas páginas para comprender algún flujo de ideas. La que más me gustó fue la del gozo: el futbol existe porque queremos fundirnos con la alegría. Tomamos la distancia estética necesaria para no morirnos mientras vemos el juego como “si fuera de verdad”, pero también enloquecemos con lo que miramos en la cancha. Ningún gol me ha dado más alegría que ese feo rebote que Romo mandó al fondo de la portería coreana. No salí al Ángel, pero entendí. Es un mundial extraño, pero también es nuestro mundial. Al menos esos cuatrocientos mil en Reforma lo hicieron suyo. Al chile, qué bueno.

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