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Pan y circo de un fútbol digitalizado

José F. Otero | TIC y Desarrollo
Comenzó una nueva edición de la fiesta más impresionante de la historia: la Copa Mundial de la FIFA 2026. Celebrada por primera vez simultáneamente en tres países, Canadá, Estados Unidos y México. La buena noticia es que su primer partido nos dejó el triunfo 2-0 del Tri sobre una endeble Bafana Bafana.
No obstante, los 104 partidos de este mundial tienen una consecuencia somnífera y poco inocente: la distracción de las masas hacia temas que deberían ser prioridad en la vida de los ciudadanos. Lo que sucede tampoco es un fenómeno novedoso: ya en la antigua Roma, la distribución de trigo entre los ciudadanos romanos, junto con el entretenimiento que se ofrecía en los distintos coliseos del imperio, servía para mantener contento al pueblo.
La innovación tecnológica durante más de veinte siglos ha permitido que el rol adormecedor de las políticas de pan y circo alcance a una audiencia incomparablemente mayor. Mientras apenas unas decenas de miles de romanos podían distraerse en los coliseos, el Mundial de fútbol, transmitido a través de todo tipo de plataformas de telecomunicaciones, registra miles de millones de visualizaciones por partido.
Tan solo hay que pensar que el último mundial norteamericano, Estados Unidos '94, fue capaz de frenar el genocidio de los Balcanes durante la transmisión de los partidos. Imaginen ahora que prácticamente todas las personas con acceso a cualquier tipo de tecnología, desde radio hasta televisores y desde celulares hasta computadores, pueden entretenerse con la transmisión de una mayor cantidad de partidos, llenando sus ratos de ocio con sentimientos nacionalistas y alegrías forjadas, en muchos casos, por un partido protagonizado por veintidós millonarios enfocados en una pelota.
Roma distribuía trigo para calmar el estómago y evitar rebeliones. Las empresas de telecomunicaciones distribuyen contenidos para vender datos. Durante el Mundial 2026, los operadores móviles de México, Brasil, Colombia y de buena parte de América Latina han implementado políticas de tarifa cero o zero-rating (acceso gratuito a ciertas aplicaciones) para las plataformas que transmiten los partidos. Las empresas no son generosas; simplemente están comprando lealtad e información.
De esta forma, no importa si el ciudadano no puede pagar su factura mensual. Él también podrá ver los goles de Messi, las victorias de México o la magia que transmite Brasil.
El trueque es sencillo: goles por hábitos de uso, comportamiento de usuario y otros datos especializados de cada usuario que utilice la plataforma. Cada partido visto, cada replay compartido y cada apuesta deportiva realizada en una aplicación habilitada por la red del operador generan datos que alimentan perfiles de consumo, modelos psicográficos y la capacidad de influir en decisiones futuras. Se cantan los goles y se incrementa el perfil del usuario de datos.
Sin embargo, esto no es otro caso de datos obtenidos a través de una red social. El impacto del Mundial es mayor y su principal fortaleza radica en la distracción. No basta con que los gobiernos populistas prioricen un partido de fútbol sobre la educación de sus niños, sino que, durante las semanas del torneo, pocos se enterarán de que la guerra entre Rusia y Ucrania ya había durado más que la Primera Guerra Mundial.
Por su parte, el Banco Mundial señala que el conflicto en Oriente Medio podría desacelerar el crecimiento mundial hasta su nivel más bajo desde el inicio de la pandemia. Más de 318 millones de personas enfrentarán niveles de hambre de crisis en 2026. El marcador del Mundial desplaza el de los muertos, hambrientos y refugiados del prime time informativo.
Asimismo, en las Américas el panorama no se ve prometedor. Por un lado, Epstein mediante, existe la posibilidad de una intervención en Cuba por parte de los Estados Unidos; seguramente haya un incremento de la violencia por el tráfico de armas y drogas en varios países de la región, y en Colombia el presidente Petro seguirá diciendo que se irá a la calle a protestar los resultados de unas elecciones de las que no le gustaron los resultados (muy democrático, bolsonarista y trumpista lo suyo).
Se podría apostar que Ortega seguirá tratando de mantenerse callado para que se olviden de su régimen y evitar el efecto Maduro, mientras los emigrantes venezolanos siguen esperando el cambio de régimen en un hemisferio donde Haití continúa como un estado fallido, Guyana es el nuevo rico del barrio y las acusaciones de narcotráfico y corrupción pueden afectar la estabilidad de Honduras.
No se puede olvidar que México, el 1 de julio, doce días antes de la final del Mundial, enfrenta la revisión más crítica desde su entrada en vigor. Tampoco ignorar que la violencia letal en el país creció un 72.6% en la última década, según datos de México Evalúa. Y habrá madres rastreando fosas durante el torneo, pero sus marchas no tendrán cobertura. El algoritmo tiene otras prioridades; las personas quieren marcar lo que les gusta y evitar lo que les duele.
El ciudadano que celebra el gol del Tri lo hace porque se siente orgulloso de quienes representan al país; es un tema de honor, de patriotismo, de felicidad colectiva. Pero, al mismo tiempo, está financiando con sus datos y su atención a los mismos actores que determinan el precio de su conectividad, el estado de su privacidad y la concentración de poder en el mercado digital.
Cientos de goles, millones de personas desveladas y cinco mil millones de espectadores mapeados. Esa es la ecuación real del Mundial 2026.

