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Japón: de la deflación a la estanflación

Opinión
Pensar en Japón me remite a sus grandes escritores, uno de ellos Yukio Mishima, tuvo gran impacto en mi formación intelectual y personal. Mishima, escritor prolífico, candidato al Nobel de literatura, famoso en México por su autobiografía "Confesiones de una Máscara", fisicoculturista, actor y guionista de sus propias películas en las que ensayaba su muerte, acaecida en 1970 a la edad de 45 años mediante el seppuku, tenía un ejército personal que lo acompañaba el día de su muerte. Hacia el final de su vida, Mishima era pesimista sobre el futuro de Japón, pensaba que el país se encontraba en un proceso de decadencia, lo que nos lleva al contenido de este artículo.
La década de los ochenta fue promisoria para el Japón, experimentó un crecimiento económico notable, lo que le permitió generar un elevado ahorro interno y convertirse en uno de los principales inversionistas extranjeros del mundo. Adquirió activos emblemáticos como Columbia Pictures, Rockefeller Center y fue uno de los principales compradores de bonos del Tesoro estadounidense. Economistas y futurólogos —esa peculiar conjunción de econometristas, analistas geopolíticos y astrólogos— lo señalaban entonces como la futura potencia económica del siglo XXI.
Sin embargo, como en la tragedia griega Edipo Rey de Sófocles, su éxito contenía la semilla de la tragedia y el fracaso, Japón hoy vive su Némesis, los mercadólogos le llamarían reseteo paradigmático. En 1991 estalló la burbuja especulativa a la que Japón contribuyó enormemente, la crisis afectó a economías como la de Estados Unidos, que experimentó una recesión breve cuyo costo político fue la pérdida de la presidencia de George H. Bush en 1992. Para Japón, en cambio, significó el inicio de la llamada “década perdida” y el surgimiento de la deflación.
La crisis japonesa de los noventa contribuyó a la inestabilidad financiera global, el sistema financiero japonés dio paso a lo que se conoce como "bancos zombie", instituciones que, pese a su insolvencia, continuaron operando bajo la expectativa de una eventual recuperación económica. El Banco de Japón (BOJ), redujo durante años la tasa de referencia hasta niveles cercanos a cero e incluso negativos. Esto permitió al gobierno financiarse prácticamente sin costo mediante la emisión de bonos que el mercado absorbía con rendimientos mínimos. Al mismo tiempo, los inversionistas nacionales obtenían fondeo casi gratuito para invertir en mercados con mayores rendimientos, fenómeno conocido como carry trade.
De esta forma Japón pasó de un nivel de deuda equivalente al 60% del PIB a alrededor del 230%. No obstante, durante esos años en que el país emitió deuda —trayendo desarrollo futuro al presente, que es en principio la función económica del endeudamiento— las tasas de crecimiento se mantuvieron bajas. Japón no logró transformar ese ingente endeudamiento en un impulso significativo al crecimiento que le permitiera enfrentar, llegado el momento de las “vacas flacas” (Génesis 41), el peso de su deuda. Así, con elevada emisión de bonos y bajo crecimiento su ratio deuda a PIB continuó aumentando.
Tras la pandemia de 2020, Japón comenzó a registrar tasas de inflación de entre 3% y 4%. En consecuencia, el BOJ se vio obligado a elevar la tasa de referencia, que hoy se ubica en 0.75%. Aunque el nivel sigue siendo bajo en términos históricos, ha sido suficiente para desincentivar el carry trade, lo que genera tensiones para economías como la estadounidense y la europea al propiciar el retorno de capitales hacia Japón.
El incremento en tasas y en los rendimientos de los bonos japoneses a 10, 30 y 40 años coloca al país ante una compleja dicotomía: elevar tasas encarece el servicio de una deuda que ya absorbe el 25% del presupuesto, pero no hacerlo compromete el control de la inflación. A ello se suma la necesidad de estimular el crecimiento económico, que en 2024 y 2025 fue de 0.1% y 1.0%, respectivamente.
Japón enfrenta así una deuda prácticamente impagable, una inflación cercana al 3% frente a una meta de 2%, y tasas de crecimiento reducidas, lo que amenaza con el riesgo de estanflación. El país deberá pagar o renegociar su deuda, en un contexto demográfico adverso, —con el peligro de sacrificar a la generación venidera— marcado por el envejecimiento y la contracción poblacional, lo que ensombrece sus perspectivas de largo plazo.
Dos factores presionan para reducir tasas de interés: la desaceleración del crecimiento y el peso de la deuda. Otros dos operan en sentido contrario: la inflación y la depreciación del tipo de cambio frente al dólar. Se trata de un trade-off entre opciones difíciles y parcialmente incompatibles que exige decisiones estratégicas. Conviene seguir de cerca esta experiencia y tomar nota para México, que aún dispone de cierto margen de maniobra, aunque sus opciones también comienzan a estrecharse.