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Opinión

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Davos vs México: el discurso que no llega al bolsillo Parte II: Lo que el micrófono no dijo

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Eduardo López Chávez | Columna invitada

Eduardo López Chávez

La inversión no huye del país: huye del desorden…

- Macraf

En Davos se habló como si el reto principal fuera “coordinar” a una federación compleja y digitalizar permisos para acelerar inversiones. Eso es cierto, pero incompleto. El problema de fondo —y el que realmente determina si México atraerá inversión en dos mil veintiséis— es que el país no ofrece todavía el paquete mínimo que exige cualquier capital productivo: seguridad, energía suficiente y reglas creíbles.

Hablemos de seguridad, que en los foros internacionales suele tratarse con lenguaje suave, como si fuera un “desafío”. En México, la inseguridad es un costo directo: extorsión, robo, bloqueos, control territorial, seguros más caros, logística más lenta, decisiones de inversión congeladas. Puedes tener “vocaciones regionales” y “zonas de especialización”, pero si una empresa no puede mover mercancía sin riesgo o no puede operar sin pagos ilegales, el plan se vuelve irrelevante. Sin seguridad no hay inversión sostenible, punto.

Luego está la energía. Se mencionó el “enorme potencial” en renovables y transición energética. Potencial hay. Lo que falta es lo que importa: capacidad instalada, transmisión, reglas de interconexión, certidumbre regulatoria y un mercado que funcione. Los inversionistas no financian potencial; financian proyectos bancables. Y para que algo sea bancable necesitas reglas estables, permisos viables, tiempos claros y un árbitro creíble. Si

el sector energético opera con señales contradictorias y con prioridad política sobre eficiencia, entonces el potencial se queda en discurso.

Después vienen las instituciones. Se habló de macroestabilidad y de un banco central independiente. Bien. Pero la economía no vive solo de la autonomía monetaria. Vive de tribunales que resuelvan, reguladores que no cambien por capricho, contratos que se respeten, y un Estado que no use la ley como herramienta de presión. Si el inversionista percibe que el terreno legal es movedizo, no se queda a “liderar una nueva globalización”; se va a donde el contrato vale.

También se presumió que México puede pasar de dos punto siete años a uno para aterrizar inversiones. Ojalá. Pero esa cifra no solo habla de trámites: habla de gobernanza. Habla de municipios con incentivos perversos, de estados desalineados, de oficinas que no comparten información, de permisos que se vuelven moneda de cambio. Digitalizar no basta si no se corta la discrecionalidad. Homologar no basta si no se castiga la corrupción. Y crear una secretaría no basta si el sistema completo sigue premiando el “te lo destrabo si…” que todos conocen y nadie confiesa.

En Davos se celebró el aumento del salario mínimo como motor del mercado interno. Puede serlo, parcialmente. Pero la verdadera pregunta es: ¿cómo se sostiene ese impulso si la productividad no crece al mismo ritmo? En el mundo real, el salario sube de manera sana cuando la economía produce más valor por trabajador. Si no, el aumento se vuelve fricción: presiona costos, empuja informalidad o se diluye con precios. Y si de verdad se quiere movilidad social para ingenieros y egresados en carreras científicas y tecnológicas que el mercado no está absorbiendo, como se dijo, entonces hay que conectar educación con empleos de alto valor… pero esos empleos no aparecen por decreto: aparecen cuando hay inversión, innovación y ecosistemas competitivos.

Se habló incluso de “crear un gran tech” mexicano con bancos de desarrollo, centros de datos y laboratorios de IA. Suena ambicioso. Pero aquí conviene recordar una verdad incómoda: no se construye un sector tecnológico de frontera cuando el país no garantiza

certezas básicas. La economía digital requiere energía confiable, conectividad, talento, financiamiento, protección de propiedad intelectual, regulaciones claras y un ambiente donde el emprendedor no sienta que su negocio depende del humor del regulador.

En resumen, el discurso de Davos presenta un México que “puede liderar” una nueva ola de globalización. El México real, el de dos mil veintiséis, enfrenta una disyuntiva más simple: o corrige seguridad, energía e instituciones, o seguirá vendiendo planes mientras la inversión se queda en promesa.

Porque sí: se pueden enumerar logros y rankings. Pero la inversión productiva no compra discursos. Compra certidumbre.

De esta forma, seguimos viviendo entre cifras que brillan… y bolsillos que no alcanzan.

* El autor es académico de la Escuela de Gobierno y Economía y de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana, consultor experto en temas económicos, financieros y de gobierno, director general y fundador del sitio El Comentario del Día y conductor titular del programa de análisis: Voces Universitarias.

Contacto y redes: https://eduardolopezchavez.mx/redes

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