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Opinión

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Infinitamente amando a Julio

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Foto: Especial

Cecilia Kühne

Cuando Julio Cortázar murió, el 12 de febrero de 1984, el mundo se quedó perplejo. Más que dolor, hubo asombro. Como si en vez de haber sido sus lectores nos tomáramos un cafecito con él de vez en cuando. Estupor inconmensurable que aquel gran escritor –tan grandote como grandioso– al que le ocurría todo más al revés que al derecho, pero siempre mejor– la vejez le dejó más estatura, menos arrugas y una belleza cada día más lozana– hubiera desaparecido, así como así…como si hubiera otra forma de morirse.

Cuentan que al principio de su carrera Cortázar intentó publicar sus cuentos sin ningún resultado. Pero quiso la fortuna que uno de sus textos llamara la atención de la persona justa. Escribe Borges recordando a Julio: “Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula Casa Tomada.” Así, su bautizo en letras de imprenta fue en la revista Anales de Buenos Aires que dirigía Jorge Luis Borges.

Después hubo más, Bestiario y Final de juego, luego Las armas secretas, que incluía “El perseguidor”, un sesgo en la narrativa de Cortázar, provocado por la muerte de Charlie Parker. Ya para entonces sus cuentos habían traspasado el mero gusto para convertirse en memorias personales: el asesino del suéter azul de “No se culpe a nadie”; el inquilino que se sorprende vomitando otra vez en conejito; la tranquila y atroz sorpresa de “Manuscrito hallado en un bolsillo”, el seco infierno sugerido de “Las babas del diablo” que se convirtieron en los mejores episodios de la vida de muchos lectores y conformaron el gusto literario de varios afortunados. En 1962 publicó Historias de cronopios y de famas, libro único en su género y en la obra de Cortázar, con sus inolvidables Instrucciones (para llorar, para dar cuerda al reloj, para entender tres pinturas famosas, para subir una escalera) su lista de Ocupaciones raras y todas las señales para entender la amargura de los famas y las alegrías de los cronopios.

Finalmente como respuesta a los que juraban no hay más alta expresión de la literatura que una novela, también escribió Rayuela, libro que, a pesar de parecer lo contrario, fue calificado justo como lo que es: una antinovela, publicada en 1963, justo en el momento en que el famoso Boom latinoamericano arrojaba al mundo de las letras a sus mejores exponentes y que vendió 5 mil ejemplares el primer año. Un éxito provocado por su aire vanguardista y desenfadado que permitía repasar sus partes con una nueva sintaxis, una estructura móvil y sin temor a reacomodar las formas. Al hecho de que puede leerse de muchas maneras –como jugando rayuela, es decir “al avioncito” – de principio a fin, siguiendo las instrucciones del autor, olvidando los capítulos prescindibles o recorriendo una arquitectura propia. (Todo ello sin dejar de decir una de sus frases más célebres. “La novela nos gana por puntos pero el cuento por knock out.”

Cuando Cortázar murió, nos quedamos sin habla. Sus amigos y colegas, no. Gabriel García Márquez, escribió: “En privado lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos, Julio Cortázar, fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.”

Carlos Fuentes lanzó un panegírico mejor: “Cortázar le dio sentido a nuestra modernidad porque la hizo crítica e inclusiva, jamás satisfecha o exclusiva, permitiéndonos pervivir en la aventura de lo nuevo cuando todo parecía indicarnos que, fuera del arte e, incluso, quizás, para el arte, ya no había novedad posible porque el progreso había dejado de progresar”. Y remata con una gran frase: "Cuando Julio murió, una parte de nuestro espejo se quebró y todos vimos la noche boca arriba”.

Tal vez hoy, lector querido, era una obligación hablar de amor, Sin embargo –y nada más porque el sábado que viene seguiremos infinitamente amando a Cortázar– el consejo es otro: regálese Rayuela, ábrala en el Capítulo 7 y ensaye una lectura en voz alta. derretirá cualquier helada indiferencia (hasta la suya).

Acá, mientras tanto, se lo regalo yo.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara...

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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