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La globalización no murió, se reconfiguró y definirá el 2026

Irasema Andrés Dagnini | Sextante financiero
Iniciamos 2026 en medio de una reconfiguración profunda del orden económico internacional. La geografía económica del mundo ya no responde a los patrones que dominaron las últimas tres décadas. La globalización, que muchos dieron por agotada tras la pandemia, las tensiones geopolíticas y el resurgimiento del proteccionismo, no ha desaparecido. Ha cambiado de forma. Y entender esa transformación es indispensable para anticipar el rumbo económico de este año que comienza.
Los organismos internacionales coinciden en un punto clave: no estamos ante una desglobalización, sino ante una globalización distinta, más selectiva, más estratégica y con mayor influencia de la geopolítica. El FMI, en la actualización del World Economic Outlook de octubre de 2025, proyectó que el crecimiento global será de 3.2% en 2025 y 3.01% en 2026, por debajo del promedio histórico de 3.7%. Aun así, el comercio internacional sigue siendo un motor central, lo que demuestra que la interdependencia económica persiste incluso en un entorno de tensiones.
La ONU, en sus informes recientes sobre globalización y desarrollo, advierte que la interdependencia global no se ha reducido; se ha vuelto más compleja y desigual. La globalización actual no es plana ni homogénea: es jerárquica, regionalizada y profundamente política. La OCDE, por su parte, ha subrayado que la economía mundial mantiene resiliencia pese a los choques, aunque enfrenta riesgos crecientes derivados de conflictos, deuda y presiones climáticas.
La nueva geografía económica
La geografía económica del siglo XXI se organiza ahora en torno a tres ejes: seguridad económica, tecnología y control de cadenas de suministro críticas. La eficiencia ya no es el único criterio; la resiliencia y la confiabilidad se han vuelto igual de importantes. América del Norte, Europa y Asia fortalecen sus propios bloques productivos. El nearshoring en México es un ejemplo emblemático: más que una tendencia coyuntural, es parte de una estrategia global para reducir vulnerabilidades y acercar la producción a los mercados de consumo.
Los semiconductores, la inteligencia artificial, así como la biotecnología y las energías limpias, son los nuevos territorios económicos. La disputa ya no es por manufactura barata, sino por liderazgo tecnológico. En el presente, las empresas diversifican proveedores, crean redundancias y buscan resiliencia. La globalización del “just in time” está siendo reemplazada por la globalización del “just in case”.
El FMI ha sido claro al señalar que, pese a los choques geopolíticos, la globalización comercial sigue viva. En sus análisis más recientes, el Fondo muestra que los patrones de comercio internacional mantienen una sorprendente persistencia y capacidad de adaptación. La globalización no retrocede; se reorganiza.
La narrativa del “fin de la globalización” ignora que el comercio mundial continúa creciendo; que las cadenas de suministro se están moviendo, no contrayendo; que la inversión extranjera directa se redistribuye hacia regiones estratégicas; y que la digitalización crea nuevas formas de integración económica. Lo que sí cambia es la lógica: ya no se trata de maximizar eficiencia, sino de equilibrar eficiencia con seguridad.
El nuevo orden económico internacional en 2026
En este inicio de 2026, el mundo se mueve entre dos fuerzas opuestas: el nacionalismo económico, que gana terreno, y la necesidad de cooperación internacional, que sigue siendo indispensable para enfrentar riesgos globales.
Estados Unidos, China y la Unión Europea moldean reglas, estándares y alianzas. La competencia tecnológica es el corazón de esta disputa. India, Brasil, Indonesia, México y Vietnam capturan inversiones y ganan influencia. Su peso en el comercio y la producción global crece de manera sostenida.
Por su parte, el FMI, la OCDE y la ONU enfrentan el reto de actualizar sus marcos de cooperación para un mundo más fragmentado. La gobernanza global necesita reformas profundas para responder a crisis simultáneas: deuda, clima, desigualdad y seguridad.
La globalización del presente no es universal, sino selectiva. Los países eligen con quién integrarse, en qué sectores y bajo qué condiciones. Esto crea un mapa económico más complejo, pero también lleno de oportunidades para quienes sepan posicionarse.
México, por ejemplo, tiene una ventana histórica para consolidarse como un nodo estratégico en América del Norte. Pero aprovecharla requiere visión industrial, infraestructura moderna, capital humano y certidumbre jurídica.
Este año, sin duda, será diferente. La geografía económica global está cambiando, no hacia la desconexión, sino hacia una interdependencia más estratégica y politizada. El reto para los países, incluido México, es entender esta transformación y actuar con estrategia, no con nostalgia por un orden que ya no existe.

