Buscar
Opinión

Lectura 3:00 min

Lo que debe preocupar de verdad

main image

Miguel González Compeán | Columna invitada

Miguel González Compeán

Es inaceptable la intervención militar de EUA a Venezuela, pero ahora como nunca la polarización, el maniqueísmo y, hasta en la ONU, el blanco o negro, prevalecen por encima de la discusión racional.

Desde la segunda guerra mundial, no teníamos un deterioro tan ostensible del multilateralismo, del uso de la razón y, hay que decirlo, de la inefectividad de los órganos internacionales, para actuar en contra de un tirano demostrado, un golpista y un dictador tan controvertido y folclórico.

Tendemos a olvidar la historia, a repetir circunstancias y coyunturas y no sería extraño que esto se debiera a factores de cambio generacional, a decepción subrayada con los resultados de la democracia liberal y al desprecio que en una buena parte del mundo el derecho ha generado, para empezar en México, pero también EUA, Venezuela, en Colombia y en tantos otros países que tienen al orbe con 61 conflictos armados en todo el mundo; ah y ahí viene Irán.

Lo pero peor, lo más lamentable de todo esto es que las sociedades y sus dirigentes con frecuencia prefieren hacer SU justicia; implantar SU motivación incuestionable y allegarse de incondicionales, que los alaban y los vanaglorian no dándose cuenta de que están destruyendo a sus sociedades y su viabilidad futura. La ambición humana no es nueva y no cesará nunca, pero para ello la civilización había construido mecanismos y formas de acordar sin tener que llegar a los balazos. Con ello se sienta un precedente, que ni Maduro, ni Trump aceptaran y verán nunca, como lo han hecho hasta ahora.

En las redes me encontré con la siguiente reflexión sobre lo sucedido el sábado en Venezuela. La hace José Mario, presidente de una ONG en San Luis Potosí llamada Perteneces, AC:

Derrocar a un dictador suena moralmente justo. Nadie llora por un tirano. Pero el derecho internacional no se construyó para proteger a los buenos, sino para contener a los poderosos. Por eso prohíbe la fuerza casi sin excepciones: no porque ignore la injusticia, sino porque sabe que, si cada país decide a quién “liberar” a balazos, el mundo vuelve a la ley del más fuerte.

El problema no es Maduro. El problema es el precedente. Cuando la fuerza militar se usa para cambiar gobiernos sin reglas claras, la soberanía deja de ser un límite y se vuelve un estorbo. Hoy es “derrocar a un dictador”; mañana será “corregir una elección”, “proteger intereses”, “restaurar el orden”. El derecho no absuelve dictaduras, pero tampoco legitima cruzadas unilaterales.

La pregunta incómoda no es si un tirano merece caer, sino quién decide cuándo y cómo. Porque la historia enseña algo brutal: sacar al dictador es fácil; construir justicia después, no. Y cuando la legalidad se rompe en nombre del bien, casi siempre lo que sigue no es libertad, sino caos, violencia y nuevas víctimas. El derecho existe para recordarnos eso, incluso cuando incomoda. Y, nuestro gobierno debió haberlo entendido hace mucho y por soberbia, automplscencia o mero rencor ideológico y social, están dispuestos a destruilo todo, incluso a ellos mismos. Nada más, pero nada menos, también.

Temas relacionados

Miguel González Compeán

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete