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El antojo de Trump

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay quienes, al mirar el mapa de México, ven volcanes, desiertos, playas y una gastronomía que emociona a los paladares civilizados. Donald Trump, en cambio, cada vez que observa ese mismo mapa parece salivar como perro de Pavlov frente a una carnicería. No por el mole ni por el mezcal, sino por el antojo de atacarlo.
Trump —ya lo sabemos— es un macho alfa de manual de zoología política. Para él, el éxito no se mide en votos razonados, sino en golpes de poder. Algo así como el equivalente geopolítico del señor que en la cantina presume su virilidad rompiendo botellas contra la barra mientras los demás pagan la cuenta.
Y últimamente al orate anaranjado no le están saliendo bien las cuentas:
El bombardeo contra Irán, que en su imaginación debía convertirse en una ovación patriótica con banderas ondeando al ritmo de música marcial, terminó produciendo el efecto contrario: un malestar generalizado entre los propios estadounidenses.
El primer síntoma del humor social en Estados Unidos suele medirse en galones de gasolina. Cuando el precio sube, el patriotismo baja. Y la gasolina anda por las nubes, lo que significa inflación, enojo y muchos automovilistas maldiciendo al presidente mientras llenan el tanque.
El segundo golpe viene de ese templo sagrado del capitalismo que es la bolsa de valores. Cerca de la mitad de los estadounidenses tiene inversiones en el mercado bursátil. Cuando Wall Street estornuda, millones de ciudadanos se resfrían. Y últimamente la bolsa además de estornudar, tose.
Así las cosas, al inquilino del manicomio llamado la Casa Blanca, el panorama electoral para noviembre se le empieza poner más difícil que comer sopa con tenedor. Si los republicanos pierden una o ambas cámaras del Congreso, el Poder Legislativo podría convertirse en un estorbo para la voluntad del magnate.
Por eso a Trump le urge un distractor. Un enemigo externo siempre ayuda cuando el enemigo interno es la realidad. Y ahí aparece México. Nuestro país es para Trump una especie de comodín político. Cada vez que las cosas se complican en casa, el vecino del sur sirve como pantalla de humo, piñata diplomática o villano de utilería.
La semana pasada, durante aquella reunión con varios mandatarios latinoamericanos de derecha —una especie de club de fans con traje y corbata— el anfitrión volvió a hablar mal de México, como quien cuenta chistes viejos en un velorio. No importa que el gobierno mexicano haya realizado esfuerzos visibles contra el narcotráfico. No importa que se hayan decomisado armas, drogas y laboratorios clandestinos. Eso a Trump le vale 3,185 kilómetros de frontera. Lo importante es mantener viva la narrativa del vecino problemático.
Los halcones de Washington seguramente ya están haciendo cálculos con mapas, drones y cafés triples. Tal vez piensen en una operación quirúrgica para capturar a algún capo famoso —un Chapito, por ejemplo— y llevárselo en helicóptero como trofeo electoral. Algo rápido, con cámaras, música épica y un discurso patriótico en horario estelar.
Otra posibilidad, más preocupante, sería una incursión militar en alguna zona fronteriza para “eliminar amenazas”. Es decir, una operación donde los daños colaterales podrían incluir mexicanos que no tienen absolutamente nada que ver con el narcotráfico. Algo parecido a lo ocurrido con aquellas lanchas en el Caribe, que terminaron convertidas en blanco flotante. Desde luego, todo eso se vendería como una hazaña contra el crimen.
Pero mientras Trump contempla el mapa de México como quien calcula dónde clavar el siguiente diente político, debería recordar algo que a veces se les olvida a los emperadores de temporada: los distractores funcionan sólo mientras dura el espectáculo. Después baja el telón, se encienden las luces y el público vuelve a ver la cuenta de la gasolina y las cuentas por pagar. Y entonces ni México, ni Irán, ni Marte alcanzan para distraer a un electorado que empieza a sospechar que el verdadero problema no está al sur de la frontera, sino en el despacho oval.

