A todos dejó sin aliento la negativa tuitera de Urzúa a primeras horas de la tarde del martes de esta semana. Al único al que iba dirigido el mensaje, Andrés Manuel López Obrador, parece que no le afectó mucho o lo supo disimular. De las tres renuncias importantes que se han llevado hasta ahora, ésta fue la única que al principio, estimamos, dejó gélido al de por sí de palabra de ritmo pausado, pero consideramos ello irrelevante por dos motivos: porque tiene al perfecto repuesto, Arturo Herrera, que además tiene una familiaridad de movimientos que quizá le faltaba al exsecretario y, dos, porque sabe que fue la gota que derramó el vaso de las muchas fricciones, desconcierto, desgobierno e improvisación que hay al interior de la 4T, ya anticipada por otras renuncias importantes de dirigentes importantes de la actual administración.

Cuando el exsecretario señala que las medidas en el gabinete no se miden, no se identifican propósitos, la medida está condenada al fracaso. Nadie está más perdido que quien de entrada no sabe a dónde ir, nos dice Alicia en el país de las Maravillas. La 4T da la sensación de tratarse de los juguetes de Toy Story 4, que solamente obedecen la voz del niño llamado Andrés Manuel que los posee. Es la foto que mejor la retrata. Aunque Morena parece una pieza monolítica, en su interior hay muchas marionetas que cada una juega a su aire y no son capaces de armar una pieza de teatro creíble, aunque sea de mala calidad.

“Donde gobierna el rey no gobierna marinero”. Cuando hay un jefe que concentra todas las atribuciones que le proporciona la Constitución —de por sí ya no pocas— y en los demás sólo ve robots que deben aplaudir cada ocurrencia suya, es evidente que las máquinas van a chocar entre sí y aquellos que, como en la novela, quieran convertirse en homo sapiens, lo mejor es que regresen a ser mero juguete, como en Toy Story.

Por otro lado, Urzúa y Herrera, junto con Esquivel (el ahora subgobernador de Banco de México) y Alfonso Romo en la Jefatura de Asesores a los Mercados —a quien AMLO les debe una transición económica tranquila, salvo por el disparate del aeropuerto—, pertenecen según algunos al grupo de los tecnócratas de López Obrador.

Este grupo ya demostró que no tiene auténtica fuerza al interior del grupo de AMLO. No lograron revertir la cancelación de Texcoco, ni impedir que Santa Lucía fuera concesionado a los militares, pedir la cancelación de los proyectos faraónicos de López Obrador (Dos Bocas y el Tren Maya) y reactivar la inversión privada en Pemex.

Dos graves riesgos vemos que sí presagian una tormenta: una, que el presidente se ha hecho una película de la realidad a lo largo del tiempo, y que ésta ha dejado marcas imborrables en sus experiencias, que se han quedado petrificadas en el tiempo, como un mandato sobrenatural y sin que éstas le lleven a evolucionar sus ideas. López Obrador tiene su pensamiento congelado. Pero si su comportamiento tiene que ser la trama del siguiente tomo del libro de historia gratuito, se habrá creído que para poder aparecer en el mismo nunca debe cometer errores —al revés, eso es muestra de soberbia e impertinencia—, en el libro de texto que se ha imaginado en su fantasía posee una personalidad de un semidiós griego o de un arcángel. Por cierto, ¿se imaginan cómo sería el infierno de la 4T? No habría dinero para calentar los hornos.

Y, por último, si hay que seguir recortando, el recorte tiene sus límites: habrá un momento en donde se quieran aplicar las tijeras y sólo habrá hueso descalcificado. Recortar no es la única función de un presidente, si así fuera habría que darle mejor el poder a los cirujanos.

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.