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Opinión

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Un susto llamado Ómicron

Con la aparición de la variante Ómicron de la COVID-19 se pueden aprender (o reaprender) algunas lecciones (enterado estoy de que, luego de dos años de pandemia, la frasecita ya se volvió un odioso lugar común). 

Cuando esta variante se detectó en la parte sur del continente africano la mayoría de los países hizo lo que la OMS había pedido que no se hiciera: tender un cerco de hierro alrededor de Sudáfrica y Botsuana (que luego se extendió a otros países africanos, aunque no estuvieran en la región sur. La geografía nunca ha sido el fuerte de los gobiernos, pero los votos sí). Los mandatarios de los países occidentales echaron a la basura las comprensivas y solidarias palabras que habían emitido meses antes, cuando creían que la pandemia estaba controlada, acerca de que este era el mundo de todos y que debíamos ayudarnos. 

Pronto, fue claro que la Ómicron ya se encontraba en las suficientes regiones del globo como para soñar en contenerla. Luego, una nota venida de los Países Bajos dio cuenta de que esta variante ya estaba ahí antes de que fuera “descubierta” en el sur de África. No importó, las restricciones de vuelos continúan hasta la fecha. A este temor contribuyó la calificación de la OMS: es una variedad “preocupante”. ¿Qué quiere decir esto para el público lego? Pues se tradujo en: ahí viene el coco. 

No es exagerado decir que la detección de la Ómicron causó una alarma mundial. Se restringió el tránsito y en muchos lugares se volvió a las medidas de confinamiento. Finalmente, empezaron a llegar las noticias tranquilizadoras: desde Sudáfrica, médicos señalaron que la variante era más contagiosa, pero menos agresiva; Anthony Fauci, asesor médico del presidente de los Estados Unidos, indicó que Ómicron es más contagiosa, pero menos severa que la variante Delta. Luego, la propia OMS y los servicios médicos de la Unión Europea confirmaron lo anterior. Una variante salvadora que probablemente viene a sustituir a Delta, “un regalo de la naturaleza”, como dijo el doctor Francisco Moreno, del hospital ABC, quien ha seguido la evolución de la pandemia. 

¿Se exageró la reacción cuasi mundial a la aparición de Ómicron? La verdad es que no, pero esto no quiere decir que se tomaron las acciones correctas. A pesar de que ahora se tienen mejores herramientas contra la COVID-19, se tendió a comportarse como en la primera vuelta en lo que se refiere al acaparamiento de vacunas, medicamentos y reducción del tráfico. La verdad es que Ómicron no solo fue un susto, sino también una advertencia: en la medida que haya una gran masa humana sin vacunar el virus puede volver a cambiar. Nada garantiza que no pueda transformarse en algo más contagioso y agresivo. Para colmo, la OMS acaba de llegar a la conclusión de que las vacunas empiezan a perder su efectividad a los seis meses, aproximadamente. Esto quiere decir que a fin de año todos los que se vacunaron a mediados de 2021 empezarán a estar más expuestos. 

Pero hay otra idea que valdría la pena hablar en colectivos no sólo de personal médico, sino también de maestros, trabajadores, estudiantes, filósofos, etc.: ¿cómo nos está cambiando la pandemia? Al principio de la COVID-19 se habló de grandes cambios y de una nueva normalidad. Filósofos dijeron que probablemente significaba el fin del neoliberalismo o el triunfo de la disciplina asiática por sobre la liberalidad occidental. Habrá que hacer un análisis serio, pero todavía no es el tiempo de hacerlo porque el coronavirus y la crisis económica todavía están entre nosotros. 

Por lo pronto, hay algunos datos preocupantes: los muy ricos están acumulando más recursos; los pobres empeoran su situación, sobre todo en los países emergentes; las clases medias están tambaleándose; la inflación es un fenómeno mundial; el transporte de mercancías se ha saturado y encarecido, etc. Y si en términos económicos los daños están a la vista, los sociales están apareciendo. Se sabe que la violencia familiar escaló, pero hay otros daños en la educación y en la sociabilidad. ¿Todos estos signos son temporales o durarán al menos unos cinco años o más?

Al presidente López, fiel juarista, las afectaciones de la COVID-19 y sus variantes le hacen lo que el viento a Juárez. En este diciembre entramos a una dosis de refuerzo para los adultos mayores sin haber terminado la vacunación completa a los adultos, escatimando vacunas a los menores de 15 años y sin saber bien a bien dónde están más de 30 millones de dosis, que es el diferencial de lo que se ha recibido menos lo que se ha aplicado. ¿Se donaron?, ¿se echaron a perder? La verdad no se sabrá porque la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) permitió el bloqueo del gobierno a informes acerca de las vacunas contra el COVID-19 argumentando que se trata de una cuestión de “seguridad nacional”. 

La marca de la casa: opacidad e ineficiencia.

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