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Opinión

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Un nuevo siglo

Nación y Estado no se edifican con santos ni con campeones del bien ni en medio de desviaciones del poder hacia la apropiación personal.

A 100 años de la Revolución Mexicana, al recordar, de nada sirve el maniqueísmo moralista o histórico. En el proceso al que dio inicio y en el que de muchas maneras todavía se está, ni todo es decisión constructiva pura ni todo es un desastre absoluto.

Al curso del mundo lo empuja la violencia y en su trayecto arrastra ambiciones, corrupción, traiciones, maldades de toda índole, muerte.

Sólo el caballero del bien puede escandalizarse en esta situación y por su ánimo timorato la derrota lo alecciona en cada uno de sus pasos, escribe el gran Hegel en la Fenomenología.

Ni maniqueísmo moralizador del bien ni, del otro lado, triunfalismo ingenuo. Ahí está lo real. Nación y Estado no se edifican ni con santos, campeones del bien ni en medio de las desviaciones del poder hacia la apropiación personal, en lugar de convertirlo en fuerza de la nación.

La Revolución fue la Revolución. Como todas las triunfantes, desde la francesa, promulgó una Constitución, mantuvo un Ejército Revolucionario y organizó un partido que se reclama de ella.

Así se han levantado, piedra sobre piedra, Estado y nación. La efectividad del poder se alcanza a través de un proceso. Y lo que se logró se debió al gran talento político de algunos de los llamados presidentes de la Revolución.

En algo más de 20 años se instituyó el Estado, se organizaron los trabajadores y se pusieron las bases de la industrialización que daría a luz a empresarios y clase media.

Después vinieron más de dos décadas de alto crecimiento económico y, en línea con el nuevo reconocimiento de su imagen en el mundo, México organizó las Olimpiadas de 1968.

Fue el momento, también, de una represión gubernamental a todas luces condenable. Como en negativo, ella indicó el fin del monopolio político y el comienzo de la pluralidad democrática.

Durante el siglo transcurrido, la transformación de México se ha dado al pasar de raíces fundamentalmente locales a raíces globales.

Este tránsito lo señaló con fuerte intensidad el NAFTA y ahora, todo lo indica, justo en medio de la violencia global que se ha echado encima, se ha de dar un nuevo paso hacia la realidad efectiva del poder del país: abrir todo el ser México al mundo, para aumentar la capacidad de establecer entornos favorables a la creatividad de cada quien.

Que todos desplieguen su potencia no sólo para cargar, sino para crear mundo .

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