Todos nos enteramos cuando el presidente Donald Trump visitó la frontera entre nuestros dos países para revisar los prototipos de su infame muro; ocurrió a principio de este mes. Sin embargo, con toda la cascada de ataques en contra de las instituciones internacionales del propio Trump, no sería extraño que pasara inadvertido cuando Nikki Haley, embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, anunció con bastante insolencia que su país abandonaría las conversaciones sobre el pacto mundial de migración.

Es una gran lástima porque los pilares del Pacto son el Estado de Derecho y la migración ordenada, dos elementos que le interesan a Estados Unidos.

Todos los estados miembros de la ONU, incluido Estados Unidos, se comprometieron en septiembre del 2016 a negociar el pacto, y pusieron como fecha de su aprobación, finales del 2018.

El objetivo no era visto como muy ambicioso porque el pacto no es vinculante con las leyes de cada nación.

António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, y su predecesor, Ban Ki-moon, han sido conscientes de la enorme complejidad que representa el tema, por lo que el liderazgo de la ONU siempre ha ayudado a realizar un análisis realista y equilibrado.

Uno de los trabajos que están ayudando a las naciones a preparar el Pacto Mundial de Migración es el que elaboró el hoy difunto Peter Sutherland, un admirado defensor de la cooperación multilateral.

El informe de Sutherland admite claramente que las naciones no tienen la obligación de abrir sus fronteras a todos los migrantes. Si bien es cierto que los beneficios de la migración son tangibles, escribió Sutherland, toman tiempo para materializarse. Sin embargo, los costos asociados para individuos o grupos sociales pueden surgir de manera inmediata.

El informe también deja muy claro que, si bien la migración ordenada depende de proporcionar un marco de vías legales, éstas deben estar sujetas a las consideraciones del mercado laboral.

Sutherland no era tímido para recomendar la migración circular, de ida y vuelta, como una forma efectiva de gestionar el movimiento de personas entre los países más pobres y los más ricos.

Una de las preocupaciones más serias sobre la inmigración irregular en Estados Unidos se refiere a las personas de mi propio país, México.

Hace dos años, junto a un grupo de investigadores mexicanos y estadounidenses, presenté un informe promocionado por el Center for Global Development que incluía la base para aprovechar la migración en ambos países. Nuestra propuesta bilateral tenía la intención de reducir la movilidad transfronteriza ilegal, al tiempo que otorgaba prioridad a los trabajadores estadounidenses para ocupar los empleos vacantes en su país. Y algo más, la propuesta mejoraba la seguridad común en ambos lados de la frontera. Sin embargo, dadas las condiciones actuales, la propuesta se ha convertido en quimérica.

El pacto mundial sobre migración debería constituir una agenda para fortalecer el Estado de Derecho, controlar los desafíos que la migración genera y responder de  manera efectiva al mercado laboral.