1. Juan Carlos Onetti nació hace 110 años, el 1 de julio de 1909, en una familia de clase media en Uruguay. Fue desde chico un ávido lector que abandonó la secundaria y pasó por diversos empleos: mozo, portero, vendedor de entradas del Estadio Centenario y periodista, “una de las profesiones más soportables que conozco”, solía decir. La aparición en 1939 de su breve novela El pozo lo colocó como uno de los pocos escritores existencialistas en lengua castellana.

Muchos dijeron que su mayor fatalidad fue justamente su nacionalidad. Que si no hubiera nacido en esa tierra sino en un país con el poder económico y el peso político necesarios para exportar con éxito la cultura propia, no hubiera fallecido casi incógnito. “Si no hubiera nacido en Montevideo —escribió alguno de sus fanáticos con furia—, sino, por ejemplo, en Buenos Aires, hoy en día la superestrella de la literatura latinoamericana no se llamaría Jorge Luis Borges, sino Juan Carlos Onetti”. Exageraba, claro. Onetti no fue incógnito, Argentina tampoco tiene demasiado peso político ni económico y Borges es Borges y ya está. Pero se equivoca en el decir que Onetti en algún momento pudo ser incógnito. Porque es “el clásico por antonomasia de las letras hispanoamericanas contemporáneas”, como mejor dijo Roa Bastos —que sí era culto y había leído todo—, y Carlos Fuentes, que no se caracterizaba por regalar elogios a nadie, de él escribió, con justa razón, que las novelas y cuentos de Onetti son “las piedras de fundación de nuestra modernidad”. Y agregó: “A todos sus descendientes nos dio una lección de inteligencia narrativa, de construcción sabia, de inmenso amor a la imaginación literaria”.

Exiliado en España después del golpe de Estado en Uruguay se hizo gran amigo de Mario Vargas Llosa y encontró en él no sólo a uno de sus lectores más fervorosos sino a un crítico preciso. Fue Vargas Llosa el que dijo que los cuentos de Onetti están “a la altura de los de Borges y Rulfo”. Y Onetti el que dijo de Vargas Llosa que éste se relacionaba con el trabajo literario como con una esposa y él, en cambio, escribía como se hace el amor a una amante. Sin tiempos precisos pero con una pasión avasalladora.

Pero las mejores cosas que se dijeron sobre él las dijo el mismo Onetti. A pregunta precisa sobre qué aconsejaba a los noveles escritores contestó: “Es necesario que una ráfaga de atrevimiento, de firme y puro atrevimiento intelectual, cure y discipline el desgano de las inteligencias nacientes. Y que los jóvenes se graben estas palabras como un lema: ‘Tengan el valor de equivocarse’”. Y después continuó ofreciendo sabiduría efectiva y breve: “No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda. No olviden la frase, justamente famosa: ‘Dos más dos son cuatro, pero ¿y si fueran cinco?’”.

Ramón Gómez de la Serna y Jean Cocteau

2 y 3. “Para arrojar luz sobre el arte contemporáneo hay que iluminar hasta la transparencia la figura de Jean Cocteau”, escribió Ramón Gómez de la Serna, sobre su íntimo amigo, en el prólogo de Los niños terribles. Nacidos los dos la primera semana de julio, el primero en 1888 y el segundo un año después , ambos estaban convencidos de que el genio consiste en saber hasta dónde se puede caminar demasiado lejos. (El día de mi nacimiento, escribió Cocteau, mi muerte comenzó su caminata. Camina hacia mí, sin prisa).

Ramón Gómez de la Serna, español, de temperamento algo más recio que su colega francés, se consideraba periodista antes que escritor. Sin embargo fue la pluma causa y testigo de su genio. De sus producciones, siempre más allá de la originalidad, surgió el término “ramonismo” para definir su estilo. Vanguardista entre las vanguardias, fue el inventor de las greguerías, sentencias ingeniosas y breves, combinación de humor más metáfora, que parecía que habían surgido en forma espontánea, como un choque casual entre el pensamiento y la realidad, pero que en realidad tienen una formulación lingüística muy elaborada.

“Al encontrar el género —escribió Gómez de la Serna al respecto— me di cuenta de que había que buscar una palabra que no fuese reflexiva ni demasiado usada, para bautizarle bien. Greguería, algarabía, gritería confusa. (En los anteriores diccionarios significaba el griterío de los cerditos cuando van detrás de su mamá). Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas. Por lo menos no puede caber duda de que he bautizado un género con una palabra que estaba perdida en el diccionario, que no era nombre de nada y que ahora, al ser pronunciada por alguien en un diario, o por un micrófono, hace que resulte aludido yo, que cambié su sentido, que convertí la greguería en lo que no era”.

Flores del lenguaje, encanto de las palabras reunidas en la temprana mañana del siglo pasado, a continuación unos cuantos ejemplos: El tiempo sabe a agua seca./ La eñe tiene el ceño fruncido./ El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia./ Aburrirse es besar a la muerte./ La luna es un banco de metáforas arruinado./ ¿Qué es la ilusión? Un suspiro de la fantasía./ El libro es un pájaro con más de cien páginas para volar./ Las erratas son las hermanas de las ratas.

Jean Cocteau era otra cosa. Poeta, novelista, dramaturgo, diseñador, autor de libretos y director de cine francés, estuvo asociado con el movimiento surrealista. Su obra ejerció gran influencia en otros muchos escritores y creadores, y su conducta, rebelde y poco convencional, provocó que lo expulsaran del liceo, pero también que se relacionara con monstruosos genios. Personas como el actor Édouard de Max, que lo lanzó como poeta, coreógrafos como Serguei Diaghilev, que le abrió la puerta al ballet y el teatro, Picasso, Stravinski, Marcel Proust, los niños terribles del círculo surrealista de Breton, Dalí, Buñuel y Artaud y también, claro está, Ramón Gómez de la Serna.

“Hay cosas y existencias que asombrarían a las personas razonables. No comprenderían que un desorden que apenas si parece que va a durar quince días pueda continuar durante varios años”, escribió Cocteau. “Pero esas cosas y esas existencias problemáticas se mantienen tan campantes, numerosas, ilegales, contra lo que se podía esperar. Pero en lo que la razón no se equivocaría es en que si la fuerza de las cosas es una fuerza, ella las precipita en su caída. Los seres singulares y sus actos sociales son el encanto de un mundo plural que los expulsa”.

Muchas cosas habían de pasar en la vida de Cocteau: la muerte súbita de Raymond Radiguet, su gran compañero, que lo llevó a declarar que ya no escribiría más y que iba a dedicarse al opio, pero también la producción de muchos libros más, filmar su primera película —La sangre de un poeta— y sobrevivir a la tifoidea y a la tristeza. El poeta que un día escribió: “me gustaría mucho no tener compostura, porque la falta de compostura es la marca del héroe”, murió el mismo día y en el mismo año que Edith Piaf. No hubo heroísmos pero demostró que cuando una obra parece adelantada a su tiempo, es sólo porque el tiempo está detrás de la obra...y el artista permanece. Queda intemporal.