Este es un relato personal sobre la resiliencia. Esta, la capacidad de anteponernos a situaciones adversas, es una cualidad tan vieja como nuestra especie y tan instintiva que puede apreciarse incluso en los más pequeños, como lo que aquí les contaré.

Tengo 3 hijos, la más pequeña de ellos tiene tres años. “Fucking three”, le llaman en inglés a esta etapa o “Los chingados tres”; hay quien con más elegancia dice que esa edad es un preámbulo de lo que será la adolescencia. Teniendo también una hija adolescente, puedo decirles que los mentados tres años son peores. Cuando alguien me dice: tu hija tiene su carácter, yo reconozco con honestidad: no, no sólo tiene su carácter, tiene el suyo, el de mi esposo, el de sus hermanos y el mío, todos juntos a la vez.

Hace casi quince días, di positivo a la prueba de Covid-19, lo que implicó que tuviera que aislarme del resto de la familia. Tomé por hogar una habitación que está separada de la casa, unos quince escalones negros al aire libre lo unen con la puerta principal. Mientras este cuarto se convertía en mi nueva casa, mi hija, también se apropió de un nuevo lugar: los escalones negros.

Desde los escalones negros me preguntó una mañana: Mamá ¿qué tal te va ahí solita?

-Bien, amor. ¿Cómo te va a ti sin mamá?

 -No tan bien. –respondió.

Unas horas más tarde, regresó a los escalones con una pequeña silla a cuestas, la acomodó, se sentó y me dijo: ahora sí, veamos una película juntas. Eso es la resiliencia.

Con ella afuera, en sus escalones, jugamos a la lotería, fingimos ser amigas que se encontraban desde la distancia para platicar sobre sus hijos, escuché varias canciones y vi decenas de coreografías y disfrutamos de algunas caricaturas. Y por supuesto, también hubo accidentes. El que quizá dibuja mejor estos tiempos, fue aquel en que se lastimó, pero sabía claramente, no podía correr hacia mí, mientras yo corría por el cubrebocas y a llenarme las manos de gel para poder ir a sobarla, encontró quien le diera consuelo. Cuando sintió mis manos en su espalda, volteó con miedo para justificarlo y dijo: se puso gel.

En estos meses, las personas hemos revalorado la importancia del contacto físico: un beso, un abrazo, una caricia, disfrutar de una comida codo a codo. Hemos entendido que el contacto con los otros es tan importante como comer, dormir y respirar. Con sólo tres años, Sofía cuenta los días que nos faltan para llenarnos de abrazos y besos, mientras encuentra maneras para sobrellevarlo. Esta es una pequeña y afortunada historia de resiliencia, en medio de tanto dolor y complicaciones por las que han atravesado más de 1 millón de familias que están dentro de las estadísticas, y más de cien mil que han perdido a un ser querido.

La capacidad para hacerle frente a la adversidad es lo que nos mantiene aquí, siempre lo ha sido, pienso mientras veo a Sofía quien con un par de cobijas improvisó una pequeña cama sobre el escalón.

Pamela Cerdeira

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana

Columna invitada

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana. Conduce el programa "A Todo Terreno" en MVS Radio. Ha escrito para diversas publicaciones y trabajado en distintos espacios en radio y televisión.

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