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Opinión

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Sin competencia en combustibles

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¿No le gustaría tener varias opciones cercanas donde cargar gasolina en cualquier localidad, elegir su marca favorita por precio, calidad, aditivos, servicios prestados en la gasolinera? ¿Qué tal recibir litros de a litro? ¿Cargar ahí mismo electricidad, si su coche es híbrido o eléctrico? Si vive en México, esto no es una realidad, aunque fue una promesa. 

En vez de las 20,000 estaciones de servicio que deberíamos tener, tenemos 13,500 (y cada vez menos con marca distinta a Pemex). Cerca de 1,000 municipios del país no tienen una sola gasolinera. Las finanzas de Pemex, a pesar de las enormes transferencias, están seriamente debilitadas. El precio promedio del litro de gasolina en la Ciudad de México está alrededor de los 23 pesos, más de 25% arriba que en Estados Unidos, porque no hay competencia efectiva. ¿A qué se debe esto?

Recordemos que, a principios de la década pasada, teníamos varios retos por resolver para abastecer la creciente demanda de gasolina, diésel y combustibles aéreos en México. Por un lado, el monopolio de Pemex mostraba ya signos claros de agotamiento que se traducían producción decreciente de petróleo en nuestros yacimientos por falta de inversión y tecnología para exploración; refinerías obsoletas que producen gasolinas de calidad subóptima y satisfacen solo la mitad de la demanda nacional; mala infraestructura portuaria para recibir buques con gasolinas importadas; red de ductos insuficiente para llevar los petrolíferos a las terminales, frecuentemente atacados por los huachicoleros; inseguridad y altos costos en el transporte por ruedas hasta las estaciones de servicios; gasolineras sujetas a la poco innovadora franquicia de Pemex y litros incompletos. Por otro lado, ya entonces se vislumbraba la necesidad de iniciar la transición a los vehículos híbridos y eléctricos, con sus propias necesidades de centros de recarga.

La reforma energética de 2014, con todo y el desaseo político para su aprobación, incluyó líneas de acción para resolver cada uno de estos problemas. La visión era un Pemex segmentado por líneas de negocio que compitieran en cada eslabón de la cadena con nuevos participantes. En el último eslabón, la idea era ver estaciones de servicio de distintas marcas por todo el país, incluso en cercana proximidad unas de otras en los centros urbanos de mayor demanda, con competencia en precios y calidad.

Los incipientes avances de la reforma energética estaban a la vista. Las principales petroleras globales voltearon a ver a México, igual que las grandes empresas de infraestructura energética. Específicamente en la venta de combustibles al consumidor final, empezamos a ver gasolineras de Shell, Total, Chevron, BP, Repsol, entre otras, en distintos puntos del país y con distintos precios en bomba, y presentaron planes de expansión para duplicar el número de estaciones de servicio para vender combustibles y aditivos de su marca (los cuales habrían de importar al amparo de permisos otorgados por Sener); hubo muchas transacciones para construir y financiar poliductos y  terminales de almacenamiento y reparto.

Sin embargo, dado que estas reformas se apartaban de la visión de soberanía energética de la administración actual, esta inició una importante reversión.

Sener dejó de dar permisos de importación a los privados, con lo cual favoreció únicamente a Pemex, a quien ahora todos le tienen que comprar. Se debilitó a la CRE, se presionó a los gasolineros para regresar a la franquicia de Pemex con ataques en las mañaneras y el acoso de Profeco contra las marcas extranjeras, y eventualmente se presentaron iniciativas de reformas legales e incluso constitucionales para fortalecer nuevamente a Pemex. Se dejaron de atender proyectos para estaciones multimodales (para carga de combustibles, energía eléctrica, gas LP, etc.) que además ofrezcan servicios complementarios. En otras palabras, tiramos como cabras al monte del monopolio estatal.

Naturalmente, en este entorno de incertidumbre y confrontación con el Presidente y la Sener, los inversionistas en terminales y ductos dieron un paso atrás. Los más audaces, se ampararon o incluso iniciaron procedimientos inversionista-Estado. Los grandes consorcios gasolineros se han limitado a tener unas cuantas estaciones de servicio franquiciadas en vez de grandes proyectos verticalmente integrados.

La buena noticia es que la demanda actual y futura por combustibles fósiles y no fósiles sigue sin estar satisfecha. Si volvemos a emparejar, aunque sea un poco la cancha, si el gobierno aplica la ley y deja a la CRE hacer su trabajo, si dejamos a los competidores competir, valga la redundancia, podemos regresar a la ruta de crecimiento. Los inversionistas nacionales y extranjeros están listos para abrir la cartera, traer la tecnología y construir la infraestructura que México necesita.

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