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Séneca y el presidente

Disculpe usted, estimado lector, si no he ido a los libros a confirmar la autoría de la frase que a continuación le ofrezco. Recuerdo que es de Séneca, y una búsqueda rapidita en Google lo corrobora (aunque no hemos de fiarnos en búsquedas someras). Supongamos que el autor fue Séneca, aunque, insisto, puedo equivocarme. La frase vino a mi mente durante un largo viaje que realicé la semana pasada, mientras constataba en el mapa de la pantalla de entretenimiento frente a mí, nuestro lento avanzar sobre el Atlántico. Veía el derrotero de nuestro viaje y recordé lo constante que es nuestro presidente en sus ofensas y lo difícil que es para la prensa captarlo en un arranque público de ira, si los tiene. No hay día que pase sin que, ante la pregunta de algún reportero, comience con la retahíla de ofensas: insulta a la prensa vendida, a quienes se oponen al «plan b», a quienes lamentan los ataques contra la Suprema Corte, a quienes se lamentan por la nueva ley de ciencia, a quienes se oponen a la parálisis de pleno del Inai por falta de consejeros, a quienes denuncian la creciente presencia militar, la los «supuestos» ecologistas: «corruptos, conservadores, aspiracionistas». Después de sus mañaneras, ¿sentirá algo de culpa?, se preguntará: «¿Cómo es posible que todos los días ofenda a mis contrincantes?» Lo dudo, se apega magistralmente a su plan. Además, sus achichincles lo ovacionan desmesuradamente: sentirá alegría, brío, triunfo, y solo deseará volver a sentir los fervores que le producen las palabras de su lengua viperina.
Nada lamento más que los ataques de rabia: si mi hijo me llega a sacar de quicio y levanto la voz, siempre termino arrepentido. Alguna vez, en una tensa sesión de consejo (un consejo al que pertenecí hasta hace poco), el presidente del órgano me quitó la palabra levantando la voz, yo perdí los estribos y contesté, levantando más aún la voz: que no debía quitarme de nueva cuenta la palabra, que ya lo había hecho en demasiadas ocasiones y sin buena causa. Al final de esa sesión aseguré ante el pleno que si algo me molestaba era levantar la voz en una reunión de discusión sobre asuntos académicos y pedí disculpas. Ofender al otro adrede es simplemente inimaginable en un entorno como el que menciono. Veamos si el entorno se mantiene inmune a las bajezas, ahora que comienza la sucesión de rector.
La lógica de las intervenciones cotidianas del presidente supongo que es otra: arremeter contra sus adversarios con la misma lista de palabras, para que se vuelvan parte del vocabulario del debate público, las coordinadas de análisis político de los ciudadanos que votan: o eres conservador o eres liberal, o estas con México o estás con la intervención (francesa/española/gringa). O defiendes a los buenos o eres ruin. El presidente me sorprende, porque, como dijo Séneca y he escondido hasta el final, en clara danza retórica: «el gobierno más difícil es el de uno mismo». Y vaya que López Obrador sabe gobernarse cada mañana. Aprendió de la chachalaca.
Twitter: @munozoliveira

