El Día Internacional de las Mujeres Rurales establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2007, es una oportunidad para reflexionar sobre el papel que ellas ocupan en la promoción del desarrollo agrícola, promover su reconocimiento e implementar medidas claras para garantizar el pleno y efectivo goce de sus derechos.

Según datos de la ONU, las mujeres rurales representan el 43% de la mano de obra agrícola. Sin embargo, menos del 20% de quienes poseen tierras en todo el mundo son mujeres. La gran mayoría hoy enfrenta una discriminación constante en lo que respecta a propiedad de tierra, remuneración justa, participación en la toma de decisiones de las asociaciones, y acceso a recursos, crédito y mercado, para que sus cultivos puedan prosperar.

Al mismo tiempo, observamos su creciente protagonismo en la defensa de la biodiversidad y en el mantenimiento socioeconómico y cultural de las comunidades donde viven. Ellas son las principales responsables de compartir conocimiento, lo cual abarca desde la historia de su región hasta saberes técnicos, como la adecuada nutrición de cultivos.

Por estos motivos, es fundamental reivindicar su papel en nuestra sociedad y reconocer su enorme contribución al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Como mujer, madre y agrónoma, mi experiencia me ha convencido de que es posible dinamizar la economía y mejorar la calidad de vida rural, si promovemos la equidad de género en el campo. La sostenibilidad agrícola tiene un eje social claro: el empoderamiento de las mujeres rurales. Para garantizar la seguridad alimentaria, es necesario fomentar la participación y liderazgo femenino; Naciones Unidas estima que reducir la brecha en las tasas de participación de la fuerza laboral, entre hombres y mujeres, en un 25% para el año 2025, podría aumentar el PIB mundial en un 3.9%.

Es un círculo virtuoso: si las mujeres tienen acceso a los recursos, el conocimiento y las nuevas herramientas digitales y tecnologías, los rendimientos y la calidad de sus cosechas puede aumentar sustancialmente, generando mayores ingresos para sus hogares, empleos para sus vecinos y bienestar para nosotros, los consumidores, con alimentos más saludables y nutritivos. Las mujeres reinvierten hasta el 90% de sus ganancias en sus hogares, dinero que se destina a comida, atención médica, escuela y actividades generadoras de ingresos, que ayudan a romper el ciclo de la pobreza intergeneracional. De acuerdo con la FAO, la producción agrícola en los países en desarrollo aumentaría entre 2.5% y 4% y el número de personas desnutridas en el mundo disminuiría aproximadamente entre un 12% y un 17%, solo si las mujeres tuvieran el mismo acceso a la tierra que los hombres.

Una mayor participación de hombres y jóvenes, en el cuidado de la familia y el hogar, les permitirá a ellas dedicar más tiempo a su propia educación y la construcción de tejido social en las zonas rurales, y los hombres podrán gozar de sus propias familias.

La industria de alimentos debe poner su propio grano de arena. Como parte del trabajo articulado que involucra distintos sectores, las empresas privadas juegan un rol estratégico, porque aportan capacitación y tecnologías más eficientes, para apoyar la transformación de la realidad de las mujeres rurales. Tal es el caso de iniciativas como el Programa Yara CHAMPION, que exalta mejores prácticas y premia la disciplina y el compromiso de las agricultoras latinoamericanas. Reconocemos el esfuerzo de estas heroínas de la alimentación, que mantienen sus hogares y simultáneamente impulsan cultivos eficientes, rentables y responsables con el ambiente. Continuaremos trabajando para dignificar y mejorar sus condiciones de vida, ya que, con su labor, ellas contribuyen al desarrollo sustentable y la soberanía alimentaria de todas las naciones.

*Directora de Farming Solutions de Yara para LATAM.