Hace algunos días escribía en mi blog (www.laloncheria.com) una reflexión sobre la reacción mexicana frente a la aprobación de la Ley SB 1070 en Arizona, que –como estaba planteada en un principio- criminalizaba a las personas sencillamente por el color de su piel.

En el texto en cuestión defendía la idea de que los mexicanos somos muy buenos para indignarnos de las políticas, comentarios y situaciones que percibimos nos ofenden como nación, pero muy malos para reconocer nuestros propios monstruos. El racismo, uno de los más grandes y vergonzosos.

Citaba en esa ocasión un artículo del periodista Raymundo Rivapalacio aparecido en el diario español El País, en el que hablaba de la doble moral mexicana : nos quejamos del trato que los estadounidenses dan a los migrantes mexicanos pero toleramos –ignoramos, mejor dicho– lo que sucede a miles de migrantes centromericanos que al cruzar nuestro país son víctimas de abusos, discriminación y violaciones sistemáticas a sus derechos humanos… todo con la silenciosa complacencia de la opinión pública.

Como muestra, un botón: la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) presentó un informe en el 2009 sobre la situación de los migrantes centroamericanos en México, en el cual documentó que entre septiembre del 2008 y febrero del 2009, periodo que comprendió el referido estudio, fueron secuestrados un promedio de 67.7 inmigrantes centroamericanos por día. En 10% de esos casos se comprobó la participación de autoridades.

En las estaciones migratorias, reportó la CNDH en su estudio, falta la entrega a los migrantes asegurados de colchones, cobijas o enseres básicos de limpieza; en la mayoría de los casos en los que sí se les proporcionan, éstos se encuentran en pésimas condiciones de higiene .

En las estaciones también existen carencias y deficiencias en el servicio alimenticio, el cual se proporciona de forma insuficiente; (e incluso) en algunos casos, transcurren varias horas sin que se ofrezca alimentación a los asegurados , detectó la Comisión.

El dato no sorprende si pensamos que hay estaciones migratorias como la de Tapachula, Chiapas, en la que la capacidad instalada es para albergar a 450 personas, cuando el promedio de detenidos es de alrededor de 1,000.

¿Eso nos parece digno? ¿Qué haríamos si nos enteráramos de que a nuestros compatriotas asegurados en Estados Unidos no se les da de comer o se les mantiene en situaciones insalubres? Probablemente armaríamos un escándalo… y no es para menos, porque en efecto ES un escándalo.

No está mal que empujemos un boicot en contra de Arizona ni que presionemos al gobierno federal de Felipe Calderón para que, a través de la red consular mexicana en Estados Unidos, se ofrezca la mejor defensa legal para combatir las violaciones a los derechos humanos de los migrantes mexicanos en el otro lado de la frontera. Lo que está mal es que no tengamos la congruencia mínima necesaria como para voltear hacia nuestro propio territorio y mirar el estado de las cosas.

El monstruo del racismo y de la discriminación es una de nuestras peores tragedias. Jamás podremos progresar como país mientras nuestras instituciones continúen reproduciendo los mismos valores y comportamientos.

Cambiar esto no significa mudarnos al país de lo políticamente correcto, sino hacer lo correcto, así, a secas.

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