Buscar
Opinión

Lectura 5:00 min

Martín Luis Guzmán, 135 años. Caudillos y sombras vanas

main image

Algunos dicen que Martín Luis Guzmán vivió los 89 años que tuvo que vivir. Otros todavía reclaman. Y entre quienes lo acusan de traidor y lo tildan de cobarde, se interpone la perfección de su pluma, su inteligencia como narrador, la emoción que provocan sus escritos y el innegable hecho de ser un autor clásico de la literatura mexicana del siglo XX, fundamental en la llamada “Novela de la Revolución Mexicana”.

Nacido en Chihuahua el 6 de octubre de 1887, Martín Luis Guzmán tuvo una suerte de destino que lo puso ante toda clase de batallas por el poder y le reveló un talento especial para leer la condición humana. Todavía no cumplía un año, cuando su padre, el coronel Martín Luis Guzmán y Rendón, efectivo de las fuerzas federales, fue trasladado a la ciudad de México como instructor de caballería en el Colegio Militar de Tacubaya. Habitante en la ciudad, antes de caer Porfirio Díaz, el joven Martín ya había estudiado en la escuela de Francisco Javier Clavijero —laica y gratuita—, con el método implementado por Enrique Rébsamen, editado semanalmente su periódico La Juventud, graduado de la Escuela Nacional Preparatoria y protestado junto a los integrantes del Ateneo de la Juventud.

Testigo de la agonía de su padre, que encabezando una partida porfirista fue tocado de muerte en el combate del cañón de Malpaso, Martín Luis Guzmán tomó la primera decisión grave de su vida: se guardó los honores para su íntima tristeza y se adhirió al maderismo. A partir de aquel momento participó en las manifestaciones que exigían la renuncia de Díaz, denunció a los golpistas en los aciagos días de la Decena Trágica, describió el horrendo asesinato de Francisco I. Madero en el periódico El Honor Nacional y finalmente se integró a las filas de Francisco Villa. En ellas, paradójicamente y como su padre, llegó a ser coronel. Pero ya había comprendido. Ya escribía sin parar. Ya lo había visto todo.

Como apunta Christopher Domínguez, bien puede ser que Martín Luis Guzmán hubiera ido a la Revolución Mexicana como Stendhal a la campaña de Rusia, para tomar nota literaria de las jaurías humanas. Es claro que material no le faltaba, fuentes fidedignas tampoco y su propia mirada –unida a su prosa impecable– fueron suficientes para escribir obras tan magníficas como El águila y la serpiente, Memorias de Pancho Villa y La sombra del caudillo.

Después del triunfo de Victoriano Huerta en 1914 y víctima de los diversos malentendidos entre generales y caudillos, Guzmán vivió algún tiempo en el exilio. Primero, en España y después en Nueva York. Fue en el destierro donde escribió buena parte de su obra y luego regresó… para ser protagonista del escándalo literario-político más famoso de la época por culpa de una de sus novelas.

Cuando llegaron a México los primeros ejemplares de La sombra del caudillo, ojos de inquina y lenguas de maldición se desataron. La historia, ubicada en México, en los últimos años de la década de los veinte, justo cuando los caudillos de la Revolución habían cambiado el campo de batalla por el palacio de gobierno, despertó más certezas que sospechas. En la trama de la novela, el último héroe de la Revolución es el presidente de la República. Un mandatario que está a punto de ceder la silla, bajo el inalienable principio de la no reelección —por supuesto—, pero quiere elegir candidato y no se avergüenza de sus malas intenciones.

“El general Calles se puso frenético —dicen que dijo Martín Luis Guzmán— y quiso dar la orden de que la novela no circulara en nuestro país. Genaro Estrada intervino inmediatamente y le hizo ver al Jefe Máximo de la Revolución que aquello era una atrocidad y un error. Lo primero, por cuanto significaba contra las libertades constitucionales y lo segundo, porque prohibida la novela, circularía más. El gobierno y los personeros de Espasa-Calpe (editorial que publicó la obra), fueron amenazados con cerrarles sus agencias editoriales en México, pero llegaron a una transacción: no se expulsaría del país a los representantes de la editorial española, pero Espasa-Calpe se comprometía a no publicar, en lo sucesivo, ningún libro mío cuyo asunto fuera posterior a 1910”.

Los críticos extranjeros dijeron que la novela era un "elocuente comentario sobre el régimen presidencial mexicano”, los nacionales, que describía la mugre y sangre de las campañas electorales y todos, que la novela resultaba una clase magistral sobre el famoso “madruguete”. Tiempo pasó, pero la censura y el veto no acabaron. Habrían de transcurrir veinte años para que Julio Bracho llevara a la pantalla su versión fílmica de la novela y para que el gobierno de Adolfo López Mateos prohibiera la cinta y la enlatara inmediatamente, convirtiéndola en la obra maldita del cine mexicano. El libro no desaparecería nunca pero la censura contra la película sería levantada hasta otros treinta años después.

Hoy, cualquiera la puede ver y se consigue pronto. Tal vez si Martín Luis Guzmán estuviera vivo, podríamos regalarle una copia remasterizada –toda luz y sin sombras vanas– para festejar su 134 cumpleaños.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete