En el futbol  no hay porristas, hay aficiones. Las mujeres que asistimos a los partidos lo hacemos por la misma razón que lo hacen los hombres: el gusto por el deporte.

No, Burger King, no nos emociona el Mundial para embarazarnos con los “mejores genes” para contribuir con las futuras selecciones rusas, como lo sugería la desafortunada publicidad que tuvieron que retirar.

Tampoco servimos para que el Tri gane, como lo sugirieron decenas de usuarios en Twitter antes del encuentro contra Corea del Sur. En las redes leímos frases lamentables como: “¿Alguien sabe si ya les llevaron 30 escorts a los jugadores para que ganen?” o “griten escorts —en lugar de puto— a la selección, se van a motivar más”.

O qué decir del argentino Néstor Fernando Penovi, quien abusó de la hospitalidad de una niña rusa al pedirle que mencionara: “me gusta chupar pija”, haciéndole creer que se trataba de un cordial saludo. ¿En verdad Néstor Fernando Penovi pensaba que los que verían el video le iban a decir: “Eres un campeón por engañar a una menor de edad”? Por cierto, ella lo estaba atendiendo en un restaurante.

También vimos algo similar en un grupo de brasileños. ¿Qué tiene que ver el color de la vagina de una mujer con el futbol? Ojalá lo hubieran explicado los brasileños que aparecen en un video cantando junto a una joven rusa, quienes le pedían que repitiera frases relacionadas con la vagina.

¿Por qué será que muchos hombres sólo pueden bromear con mujeres a través de un lenguaje compuesto por referencias sexuales? Y peor aún, ¿por qué les parece gracioso que ellas, en este caso rusas, no comprendan el lenguaje sexual que ellos mencionan?

¿Quién o quiénes tendrían que sancionar a quienes abusan de la confianza de las mujeres?

La globalización nos revela eventos paradigmáticos. Tenemos, por ejemplo, el caso de la Manada en España, donde un grupo de jueces liberaron a los jóvenes que violaron a una adolescente durante la celebración de San Fermín.

O qué decir de Arabia Saudita, un país que discrimina a la mujer por tradición. Desde hace algunos días, las mujeres ya pueden estar al frente del volante de automóviles.

El Mundial de futbol es uno de los eventos más globalizados; por ello, el comportamiento gregario se mimetiza entre culturas.

Evgeny Zajarov, el tercer secretario de la Embajada Rusa en México, me dijo que su país trabajaba duro por hacer una fiesta para todos: “No existe ninguna recomendación en especial, solamente es necesario utilizar el sentido común, como en cualquier país civilizado: respetar los derechos de los demás”; es decir, dejan que la gente actúe como lo hace en su país de origen y, quizá, ése sea el problema.

La referencia se sustentaba por el rumor extendido en medios de comunicación sobre una recomedación explícita hacia los homosexuales: prudencia en sus muestras de afecto.

Sin embargo, no se me ocurrió preguntarle al diplomático ruso cómo lidiarían con otro problema de tipo social, al parecer globalizado: el machismo.

Demasiados autogoles en Rusia 2018.