Sin importar si en un lado del mundo se trata de la democracia y en el otro lado de un régimen, lo cierto es que tanto Donald Trump como Alexei Navalny, resultan incómodos.

Representan lo que no se quiere para la forma de gobierno en curso, y tal parece que el único remedio es apagarlos, de la misma manera en que se apaga un incendio. 

En el caso de Estados Unidos ha quedado claro que las llamas encendidas ese seis de enero, deben apagarse y este lunes llega al Senado la resolución de la Cámara de Representantes que dará inicio al juicio político de Donald Trump, este 8 de febrero. 

Dando de esta manera el margen necesario a los legisladores para que terminen de aprobar los nombramientos del gabinete del nuevo presidente Joe Biden, y valorar su propuesta de inyectar 1.9 trillones de dólares a la economía, antes de decidir si se condena o no al anterior mandatario de incitar una insurrección. 

Con lo que Donald Trump pasará de ser el primer presidente que ha sido sometido a un proceso de impeachment dos veces en la historia de Estados Unidos, al tercero en enfrentar un juicio de este tipo y el primero en hacerlo después de haber dejado la Casa Blanca. 

No obstante, la historia de su condena es otra, y me parece que sería un error darlo por hecho.

Para condenarlo se necesita el voto afirmativo de 67 de los 100 miembros del Senado, que en la actualidad se encuentra dividido 50-50 entre demócratas y republicanos.

En el primer impeachment contra Trump, los senadores votaron en consonancia con su militancia partidista, con excepción de Mitt Romney, quien votó en contra de Trump, y tal parece que esta vez, aunque  es evidente que hay fracturas en el partido republicano, los números podrían no alcanzar para que se cumpla el fin de los demócratas. 

Con base a datos publicados por The Washington Post sobre las posturas de los senadores ante este proceso, hay 28 republicanos que ya han expresado abiertamente que no van a condenar a Trump y 14 que se han mostrado abiertos a hacerlo. 

Un asunto definitivamente incómodo para los republicanos, pero también para los ciudadanos estadounidenses que se encuentran divididos en las dos caras de la historia, cómo también podrían estarlo los rusos, después de la detención del disidente Alexei Navalny. 

Navalny es uno de los críticos más fuertes de Putin y fue encarcelado la semana pasada al regresar de Alemania, en donde estaba siendo tratado después de un intento de homicidio en su contra, el año pasado. 

Por lo que este sábado protestas masivas se detonaron en diversos lugares de Rusia, que dejaron cerca de 2,000 detenidos, evidenciaron nuevos casos de violencia policiaca y han llevado a que tanto Estados Unidos como la Unión Europea tengan diferencias diplomáticas con el país eurasiático, por el trato dado a sus ciudadanos. 

Incluso se comienza a hablar de limitar el acceso de la paraestatal de gas GAZPROM al mercado europeo, para que a través de la presión económica, el respeto a los derechos humanos y al derecho internacional puedan ganar terreno. 

Las ambiciones imperiales de Rusia han regresado, y para esto Alexei Navalny resulta sumamente incómodo. 

De la misma manera en que Donald Trump se ha vuelto para todos aquellos  que, conscientes de la fragilidad de la democracia, no quieren dejar al fantasma del fraude ni al de la insurrección vivos.

Esta es la historia de los incómodos.

El último en salir apague la luz.

Twitter: @HenaroStephanie

*Escucha el podcast semanal de Stephanie Henaro en Spotify, Apple y otras plataformas.

Stephanie Henaro

Profesora de Geopolítica

El último en salir apague la luz

Analista y comentarista mexicana. Estudió la licenciatura en relaciones internacionales en el Tecnológico de Monterrey CCM y en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences-Po). Cuenta con una especialidad en política exterior rusa por el MGIMO de Moscú y una maestría en Geopolítica, Territorio y Seguridad en la Universidad de King’s College London en Inglaterra.

Lee más de este autor