Una de las múltiples luchas que ha tenido el feminismo es el cambio en el uso del lenguaje. La lengua en sí misma no discrimina, pero sí, la forma en la que se emplea.

Señala el feminismo que lo que no se lee ni se dice, no se ve ni se siente. En otras palabras, solamente lo que se nombra se visibiliza.

El uso del lenguaje en masculinos, cuando se hace referencia a un grupo de personas o profesionales, lo que evidencia es el mundo androcéntrico que gira alrededor de la esfera de lo público, porque la lengua es el reflejo de la cultura de una sociedad determinada, así como de los usos y costumbres que se tengan en un tiempo y espacio específico.

Para el feminismo, el lenguaje androcéntrico fomenta los estereotipos, la violencia y discriminación de género. Frases como “mujeres juntas ni difuntas”, “vieja el último”, “hermana saltada, hermana quedada”, “calladita te ves más bonita” o, entre otras muchas, “mujer que estudia, ni se casa ni se junta”, mandan el mensaje de que la mujer tiene valor si está casada -ni siquiera unida en concubinato-, que es conflictiva por naturaleza, que una mujer culta y con estudios asusta y, que para ser considerada una dama, la mujer deben callar para no polemizar.

Estas frases en la actualidad se han dejado de utilizar, particularmente entre jóvenes. Las mujeres jóvenes ya no permiten abuso o discriminación alguna porque tienen internalizados sus derechos y en caso de que se transgredan los ejercen, a veces con destrucción y violencia. Los propios intelectuales justifican la destrucción de monumentos nacionales, la violencia física, la impunidad y las agresiones de grupos de mujeres jóvenes que denuncian desigualdad en derechos y violencia de género, cuestión que cada vez es más cuestionable, porque la violencia no se justifica en ninguna circunstancia. Violencia genera más violencia.

La preocupación, lo he señalado en otro artículo, es hacia los niños y adolescentes, quienes tendrán un mercado laboral comprometido, sumisión e incluso miedo por decir o hacer algo que vaya en contra de las creencias de las jóvenes como cuestionar si ellos tienen también derecho a la igualdad y a la no discriminación.

Es obligación legal utilizar, especialmente en el ámbito de lo público, el lenguaje incluyente y no sexista. Así lo disponen además del artículo 1 de la CPEUM que contempla el principio de igualdad y no discriminación, la Ley General para la Igualdad entre Hombres y mujeres, que establece textualmente que la Política Nacional que desarrolle el Ejecutivo Federal deberá considerar la utilización de un lenguaje no sexista en el ámbito administrativo y su fomento en la totalidad de las relaciones sociales; así como que se deberá promover que en las prácticas de comunicación social de las dependencias de la Administración Pública Federal, así como en los medios masivos de comunicación electrónicos e impresos, se eliminen el uso de estereotipos sexistas y discriminatorios e incorporen un lenguaje incluyente. Y, entre otras la Ley General de los derechos de niñas, niños y adolescentes que dispone que todas las autoridades deben transversalizar la perspectiva de género en todas sus actuaciones y procurar la utilización de un lenguaje no sexista en sus documentos oficiales.

Cabe señalar, que el lenguaje se ha ido desdoblando desde las escuelas para que éste se desdoble y se utilice la versión tanto femenina como masculina del mismo vocablo. El objetivo que poco a poco se está logrando, porque sí es un tema pendiente, es que se visibilicen también a las mujeres en el uso del lenguaje.

En efecto, en la actualidad poco a poco, aunque es lo que menos ha avanzado, se comienzan a hacer visibles tanto a los hombres como a las mujeres, por eso es que se empieza a leer y a escuchar, que se utiliza, ya sea un lenguaje neutro, por ejemplo el profesorado, o las personas intelectuales, la población, la niñez, la infancia o, un lenguaje incluyente, como la perita y el perito, la arquitecta y el arquitecto.

Ha habido ríos de tinta sobre al nuevo uso de la lengua. En realidad, la lengua no se está descomponiendo, está evolucionando para reflejar una nueva realidad.

Incluso, aquellas personas jóvenes que se autoadscriben como no binarias, es decir, que no se identifican ni con el sexo masculino ni con el femenino, están luchando por que se les llame “elles” “les papes” en lugar de ellos o ellas o los papás.

Quizás primero valga la pena, terminar de internalizar el lenguaje incluyente no sexista para luego pasar al no binario, pero lo que es evidente es que hay cambios culturales significativos que se están comenzando a reflejar con mayor fuerza con el ingreso ingreso de la juventud al mercado laboral.

Me preocupan los niños y adolescentes quienes también están en situación de vulnerabilidad. Ellos están comenzando a ser estigmatizados, marginados y excluidos. A la mujer joven prácticamente se le garantiza un mercado laboral abierto y la elección de una carrera, particularmente en ciencias exactas. Ser niño o adolescente, comienza a equivaler a estar estereotipando en el sentido de que violentos por el hecho de ser hombres y de que no han sido justos con las mujeres.

Cambiemos el lenguaje para que sea incluyente, es necesario dar este nuevo paso, pero no, dejemos atrás a los niños.