La náusea es una respuesta a estímulos sensoriales. Los estímulos sensoriales activan en el cerebro el centro de la memoria, tanto para identificar esos olores y sabores como para asociarlos a un recuerdo.

Los malos y los buenos olores son culturalmente aprendidos. Es decir, que socialmente es como vamos aprendiendo qué cosas pueden detonar nuestro asco y cuáles no, a través de las experiencias que vamos teniendo a lo largo de la vida con los olores y sabores.

¿Qué es lo asqueroso? ¿Podríamos reducir a una esencia aquello que nos provoca asco?

La náusea es esa sensación desagradable producida en nuestro organismo por un olor o un sabor que nos provoca devolver el estómago. ¿Qué provoca la náusea? ¿Cómo explicar que ese fuerte olor a carne y a grasa emanado de puestos de comida callejera para algunos significa el alborotamiento de las glándulas salivales; para otros, un vuelco al estómago?

Estas diferencias, pues, nos hacen cuasi imposible la tarea de poder encontrar un olor y un sabor en los alimentos que a todos nos provoque lo mismo por igual. La náusea es una respuesta a estímulos sensoriales. Los estímulos sensoriales activan en el cerebro el centro de la memoria, tanto para identificar esos olores y sabores como para asociarlos a un recuerdo. Es toda una reacción en cadena. Por ello, existen reportadas miles de historias acerca de cómo el olor de la comida que se comía durante la guerra, o en episodios de carestía, es para muchas personas un olor nauseabundo.

De la misma manera, socialmente se determina lo que es bueno y malo para comer. Es por esta razón que las diferencias culturales en cuanto a lo que puede provocar asco se hacen tangibles cuando, por ejemplo, a algunas personas comer insectos, carne de rata y huevos podridos les puede parecer lo más asqueroso y para otros éstos son alimentos delicatessen propios de un manjar especial. Algunos otros ascos alimentarios vienen por la asociación que se hace de un olor, un color, una textura de los alimentos que remiten a otra cosa que pudiera estar fuera de lugar para comer. Las consistencias viscosas, el color negro y el azul en alimentos y los olores rancios para algunos representan algo asqueroso. Detrás de estos hechos, existe un mecanismo básico de supervivencia, en el que, por medio del asco, nuestro organismo nos previene de la toxicidad.

Los malos y los buenos olores son culturalmente aprendidos. Es decir, que socialmente es como vamos aprendiendo qué cosas pueden detonar nuestro asco y cuáles no, a través de las experiencias que vamos teniendo a lo largo de la vida con los olores y sabores. Incluso las náuseas y devolver el estómago culturalmente han tenido sentidos diferentes históricamente. En la antigua Roma estaba socialmente aceptado, incluso, motivado, el hecho de acudir a los vomitorios, una vez que se participaba en un banquete. Cuando el comensal consideraba que su estómago no podría albergar más comida, se dirigía al vomitorio a hacer lo propio y poder seguir participando en el banquete. Lo que en una época estaba socialmente aceptado, en otra época podría estar catalogado como una conducta alimentaria de riesgo.

Cuando a alguna persona le disgusta una situación o está en inconformidad, se utiliza una expresión que apela al asco para externar el rechazo. “Me da asco la violencia hacia las mujeres”, además de la indignación, apela a un fuerte rechazo físico y mental. Este tipo de expresiones no sólo se usa en español, sino también en otros idiomas, como en inglés y en francés. El disgusto es una metáfora tan poderosa en relación con lo que comemos, que se ha vuelto parte de la expresión de la indignación, el rechazo y la inconformidad. Nuestra relación con los ascos y la náusea es tan compleja porque se involucran mecanismos biológicos, culturales y emocionales.

Twitter: @Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.