Dice Wikipedia que las fake news (noticias falsas) son un tipo de periodismo amarillo o de propaganda que consiste en la desinformación deliberada o equivocada distribuida a través de medios tradicionales de información (impresos o audiovisuales). Que esas noticias son frecuentemente causadas por reporteros que compran información a fuentes poco confiables. Que hoy en día esta desinformación también surge de las redes sociales y muchas veces encuentra su camino hasta los medios tradicionales.

Pero no es sólo el periodismo chafa el responsable de este tipo de noticias. Las noticias falsas se han usado como propaganda desde tiempos inmemoriales: desde las batallas egipcias del siglo XII a.C. hasta la ejecución de María Antonieta, por citar algunos ejemplos históricos.

Hay todo tipo de noticias falsas, desde las completamente absurdas e inverosímiles (más fáciles de identificar) hasta formas más sutiles de desinformación. Estas últimas pueden tener forma de editoriales, boletines oficiales, anuncios publicitarios, declaraciones de políticos e historias que se vuelven virales a través de la web. No son necesariamente absurdas o evidentemente incorrectas, pero contienen hechos erróneos o imágenes engañosas diseñadas para distorsionar la verdad.

Un diagrama publicado por la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones de Bibliotecas (IFLA) pretende explicar en ocho simples pasos la manera en que podemos identificar si una noticia es falsa.

1 . Considerar la fuente (para entender cuál es su motivación)

2.  Lee más allá del encabezado (para entender la historia completa)

3. Confirma a los autores (para saber si son reales y creíbles)

4. Confirma las fuentes citadas en el texto (para asegurarte que confirman lo ahí afirmado)

5. Verifica la fecha de publicación (para ver si es relevante o actual)

6. Pregunta si es una broma (para identificar si es una sátira)

7. Revisa tus propios prejuicios (para ver si afectan tu juicio)

8. Pregúntale a los expertos (para obtener confirmación de gente conocedora independiente).

A pesar de las buenas intenciones de la IFLA (y de docenas de listas similares que podemos encontrar en Internet), su lista resulta tan ridícula como inútil en los tiempos actuales (excepciones obvias en los puntos 2, 5 y 6).

Y es que no sólo se trata de identificar noticias falsas entre éstas y las verdaderas (o las que son verdaderas a medias), sino ser consciente de la estrategia de algunos gobernantes de calificar noticias reales como falsas para desacreditar críticas en su contra.

El punto 7 sería la clave en un mundo ideal; pero la mayoría es incapaz de ver más allá de sus prejuicios o de cuestionarse respecto a los mismos. Ya he hablado en este espacio del confirmation bias (sesgo de confirmación), que nos lleva a sólo encontrar y poner atención a las noticias e información que reafirman lo que ya creemos.

También he abordado la manera en que los algoritmos de las redes sociales están diseñados para alimentar nuestro propio sesgo de información con datos y noticias que confirman nuestras ideas (y lo que “nos gusta”).

Hablemos de la fuente: (a) Es imposible saber cuál es la motivación real de un medio de comunicación. (b) En la mayoría de los mensajes que circulan en redes sociales resulta imposible determinar dicha fuente (muchas veces es “un amigo”, “un socio”, “la esposa de un conocido”). (c) Aun si la identificamos, ¿es posible a simple vista determinar su credibilidad? (d) Si un gobernante en el que “creemos” afirma que un medio no es confiable y decidimos aceptar su palabra como “la verdad”; lo que hemos “comprado” es su sesgo y estrategia propagandística.

Cuando una noticia en redes sociales o medios masivos cita a una fuente (que muchos no lo hacen), suponer que el público tendrá acceso a la misma o a expertos para confirmar la información es de una ingenuidad pavorosa.

Pareciera que la única manera de identificar las noticias falsas estaría en dudar de todo y pedirle a cada individuo que se vuelva el periodista que debería investigar y confirmar (más allá de sus prejuicios) la información.

La Universidad de Harvard también elaboró un recetario de cuatro puntos para ayudar a identificar noticias falsas, y aunque no caen en la ingenuidad de la IFLA, aún así suponen que el receptor de la noticia (que en redes sociales se transforma en su distribuidor) tendrá la suficiente capacidad crítica para: (1) Examinar la credibilidad de la fuente. (2) Poner atención a la ortografía, calidad de sintaxis y pertinencia actual de la noticia. (3) Comprobar fuentes secundarias y citas. (4) Preguntar a los expertos: organizaciones no gubernamentales como FactCheck.org, International Fact-Checking Network, PolitiFact.com o Snopes.com.

El flujo libre de información que asume que las “benditas redes sociales” son más creíbles que los medios tradicionales ha potenciado la circulación de noticias falsas y complicado el que cada individuo las examine y verifique antes de reenviarlas. Es mucho más fácil recurrir al forward y al retweet para compartir aquello que parece relevante o pertinente y dejar al siguiente eslabón de la cadena que se preocupe en discernir si la información es real o no.

Al final, cualquier estrategia realista sólo nos permitirá suscribir filtros básicos que pueden limitar el efecto viral de la desinformación: Desarrollar un punto de vista crítico, que implica desconfiar de la noticia tanto como de nuestro propio sesgo de información (si la noticia dice lo queríamos oír). No distribuir la información que no viene firmada, carece de fuentes o viene empaquetada en forma de chisme o revelación escandalosa anónima. Esperar e investigar un poco para saber si la información la han retomado otros medios masivos (creamos en ellos o no).

En un mundo conectado como el actual, tenemos que entender que distribuir noticias falsas no sólo perjudica los canales de comunicación social, la percepción de la realidad de propios y extraños y a la sociedad. También demerita nuestra propia credibilidad (personal y profesional).

@rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).