El daño económico del conflicto bélico ruso-ucraniano se prevé cada vez mayor en términos de la desaceleración de la economía global. El conflicto tiene impactos de transmisión a través del comercio internacional, de canales financieros y de los mercados de los commodities. La inflación, ya de por si elevada antes del conflicto, se ha vuelto un problema serio, propulsada básicamente por los incrementos en los precios de los energéticos, los granos y los alimentos.

El FMI, en su revisión de enero de sus proyecciones, estimaba un crecimiento mundial de 4.4% en 2022 y de 3.8% en 2023. Ahora, en abril, la expansión esperada en 2022 cae a 3.6% y a la misma tasa para 2023. El organismo reconoce que estas estimaciones se sujetan a un elevado grado de incertidumbre: no se puede garantizar que la pandemia no resurja con cierta fuerza, y el supuesto es mantener confinado el conflicto a la zona de Ucrania. Una extensión geográfica de la guerra podría tener impactos devastadores. Aún con esas salvedades, resulta desalentador que el FMI proyecte que, salvo algunas excepciones en el mundo, la mayoría de los países mantendrían el empleo y la producción por debajo de los niveles prepandemia hasta 2026.  

El FMI proyecta ahora una inflación de 5.7% para las economías avanzadas y de 8.7% para las emergentes y en desarrollo, cuando en enero esperaba 3.9% y 5.9% respectivamente. Es un deterioro severo. 

Muchos países, tanto desarrollados como emergentes, utilizaron sus espacios fiscales existentes para atenuar en 2020 y parte de 2021, el efecto de la recesión ocasionada por la pandemia. Notable fue desde luego el caso de Estados Unidos con su política de entregar cheques en forma directa a las familias. Ahora cuando ya parecía que se estaba superando el choque de la pandemia, surgió de manera inesperada el conflicto geopolítico. La mayoría de los países ya no cuentan con la posibilidad de amortiguadores fiscales para absorber los efectos de la desaceleración económica. Con el resurgimiento agudo de la inflación, para muchos el peso relativo de la responsabilidad del ajuste macroeconómico se ha desplazado de los gobiernos (política fiscal) hacia la política monetaria de los bancos centrales.

En ese entorno, la política macroeconómica enfrenta serios dilemas: balancear el control de la inflación con salvaguardar la recuperación que requiere la difícil tarea de reconstituir los espacios fiscales sin mayor endeudamiento. En el orden de prioridades me parece que es ahora el turno de la responsabilidad de los bancos centrales, pues de su éxito para abatir la inflación depende preservar su credibilidad.

Es inevitable un ciclo mundial de alzas de tasas de interés, reconociendo que varios, incluida la Reserva Federal, llegan ya atrasados a este proceso de alzas, tratando de corregir errores del pasado por no haber actuado con mayor oportunidad.

La gravedad de estas perspectivas es que este entorno de bajo crecimiento y alta inflación prevalecerá en 2023. Con esto, ya se completaría un periodo de cuatro años que bien podría calificarse como una estanflación mundial.

federico@rubli.net

Federico Rubli Kaiser

Economista

Revista IMEF

Economista egresado del ITAM. Cuenta con Maestría y estudios de doctorado en teoría y política monetaria, y finanzas y comercio internacionales. Columnista de El Economista. Ha sido asesor de la Junta de Gobierno del Banxico, Director de Vinculación Institucional, Director de Relaciones Externas y Coordinador de la Oficina del Gobernador, Gerente de Relaciones Externas, Gerente de Análisis Macrofinanciero, Subgerente de Análisis Macroeconómico, Subgerente de Economía Internacional y Analista.

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