Para un país que produce casi 1.7 millones de barriles de petróleo al día, 12,000 barriles diarios prácticamente no son nada. Claro que, anualizando el número como dato de pérdida mensual en la producción de Pemex, representa una caída de 10 por ciento. Pero es entendible que cualquiera que quiera sostener el optimismo, incluyendo al presidente, descuente la importancia del indicador aislado: 1.663 millones suena casi idéntico que 1.675.

Donde el dato se vuelve alarmante es a la luz de las propias expectativas del equipo del presidente López Obrador. En diciembre del 2018, el nuevo equipo de Pemex, ya habiendo tenido la oportunidad de estudiar los datos durante la transición presidencial, pronosticaba que al cierre de mayo la producción de Pemex ya estaría despuntando. De acuerdo con sus datos, se habría tocado fondo en marzo del 2019, con 1.73 millones de barriles diarios. Para mayo, ya estarían en 1.76 millones, en camino para cerrar el año por encima de 1.85 millones.

La realidad es que, desde febrero, la caída en la producción de Pemex ha sido gradual pero constante. Desafortunadamente, sí cruzamos el “piso” de 1.7 millones de barriles diarios. Y, apenas 5 meses después de haber iniciado la administración de López Obrador, la producción real ya se está quedando corta respecto a su pronóstico reciente en poco más de 6 por ciento.

Es un capítulo más en la larga saga de promesas incumplidas del petróleo mexicano. No sólo fue López Portillo, que prometió que, a partir de los descubrimientos, ya sólo nos tocaría administrar la abundancia; Fox prometió 4 millones de barriles diarios para el 2006 y se quedó en un pico de 3.4 en el 2004; Calderón, hacia el final de su mandato, juraba que se había detenido la declinación de la producción petrolera; Peña prometió 3 millones de barriles diarios con la reforma, basado en estimaciones según las cuales la producción de Pemex representaría entre 80 y 90%, y cerró su sexenio en apenas 1.8 millones.

El presidente López Obrador, sin embargo, es el primero que voluntariamente decide apostarle prácticamente todo a Pemex. Esto es lo que ya ha empezado a generar tensión y escrutinio adicional. Al tiempo de rechazar las recetas de la ortodoxia petrolera global, está pidiendo confianza ciega en Pemex y su capacidad para autocorregirse con la mera ayuda de la lucha anticorrupción y empresas de servicios. Desde el inicio, muchos fueron escépticos.

Pero también algunos han estado dispuestos a concederle a Pemex el beneficio de la duda. Una parte de este fenómeno se explica, francamente, por fe y optimismo: Pemex es mítico —¿y si sí nos hace el milagrito? Pero el tiempo pasa y la brecha entre promesas y resultados se empieza a marcar. La paciencia y el apoyo para perseguir ideas y proyectos poco ortodoxos es cada vez más difícil de mantener. La otra parte, mucho más importante en las duras conversaciones de los mercados internacionales, se explica por las expectativas de un ajuste profundo en la estrategia. Además de voces como la de Alfonso Romo y Abel Hibert en Presidencia, hacendarios prominentes, como el subsecretario Arturo Herrera, siguen insistiendo en que Pemex necesita asociaciones estratégicas (farmouts). Hasta ahora, su estatura y reputación ante los mercados ha sido suficiente para que los analistas e inversionistas mantengan aunque sea poco de optimismo vivo, a pesar de cancelaciones, señales y declaraciones bastante tajantes de otros funcionarios y del propio presidente.

La prueba de fuego vendrá en la presentación del plan de negocios de Pemex que, de acuerdo con lo que el mismo subsecretario Herrera le adelantó a Mario Maldonado en entrevista radiofónica, ocurriría la próxima semana. ¿Incluirá mecanismos para que Pemex aproveche la fuerza de la industria petrolera vía asociaciones estratégicas? ¿O representará un punto de quiebre para que mercados e inversionistas se obsesionen con poner el foco en las diferencias entre lo prometido y lo alcanzado bajo el plan poco ortodoxo?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell