Mucho se habla de la responsabilidad social de las empresas, pero no de su responsabilidad política. Es como si lo social y lo político perteneciesen a órdenes distintos, o como si ser político fuese sinónimo de ser gobernante.

Quizá se piensa que en asuntos de la sociedad sólo participan personas y no organizaciones (excepto aquellas relacionadas con la democracia, como los partidos políticos). Tal vez la cultura liberal predominante levanta una muralla entre lo público y lo privado. Por último, la palabra “política” pasa por su peor momento en la historia.

Escribió Aristóteles en La Política que la forma corrupta de las monarquías es la tiranía, pues los monarcas —o sus descendientes— terminarán convertidos en tiranos. Esto concluye cuando la gente se harta y los derriba, de manera que el poder se reparte entre los grupos que provocaron o financiaron la revolución. Si hay suerte y son gente buena, el tirano es sustituido por una aristocracia (término que viene de aristós y significa excelencia personal o virtud), que equivale al gobierno de los mejores.

Lo que viene después es la corrupción de la aristocracia, llamada oligarquía. Estos grupos enferman de poder y sólo buscan su propio interés. Nuevamente se rebela el pueblo ante las injusticias y derribará a los oligarcas, a través de las urnas o de las armas. Llegó la hora del poder del pueblo mediante una nueva distribución de fuerzas llamada democracia.

Como resulta complicado que todos se pongan de acuerdo para gobernar, es probable que las oligarquías anteriores continúen controlando el poder en su beneficio, de modo que el nuevo régimen fallará también. Éste es el momento en que la frustración y la desesperación serán aprovechadas por un líder con grandes promesas, que las masas comprarán de inmediato.

Como la corrupción de la democracia es la demagogia, otra vez se concentrará el poder y surgirá un tirano. Conforme el apoyo popular mengue, el tirano se sostendrá en el poder mediante alianzas con los oligarcas. Este gobernante jugará astutamente, como un lobo disfrazado de oveja, con las esperanzas, miedos y tristezas de la gente pobre y de la pobre gente. Mantendrá anestesiada a la gran masa, haciéndole creer que es el pueblo quien manda.

¿Dónde termina la historia? No ha terminado, porque este ciclo se ha repetido una y otra vez. Ahora que la masa se impone, con sus legítimas aspiraciones, sólo recordemos cuán voluble es. Se mueve por pasiones, no por razones. Hoy aplaude con esperanza y mañana empuña el machete.

Amplios sectores de la sociedad esperan que las empresas den un paso adelante para ayudar a resolver problemas económicos, sociales y ambientales. Sin embargo, la mayor responsabilidad de los empresarios, después de producir bienes y pagar impuestos, radica en demostrar interés en la ciudad o polis, participando activamente en los asuntos públicos y en la creación de un buen gobierno, al que sostienen con su trabajo.

En este sentido los empresarios tienen tres opciones: primera, seguir parapetados detrás de la muralla que divide lo público de lo privado. La segunda opción consiste en alinearse del lado de los poderes fácticos para llevar agua a su molino. En nuestro país, la revolución dio paso a un sistema oligárquico que institucionalizó el abuso de unos pocos sobre todos.

La tercera opción es la única moralmente aceptable: dar un paso al frente y demostrar su condición de aristós, es decir, su excelencia personal o virtudes cívicas para ser parte de la solución y no parte del problema. De no actuar en este último frente, Aristóteles predijo el desenlace hace más de 20 siglos. El gobierno de los mejores sigue siendo un sueño frustrado.

*El autor es profesor del área académica de Factor Humano de IPADE Business School.