La semana pasada, en su estilo muy particular, Elon Musk, CEO de Tesla, prometió un premio de 100 millones de dólares para el desarrollo de la “mejor” tecnología para capturar las emisiones de dióxido de carbono (CO2), sin definir todavía los criterios. Este tipo de iniciativas contribuye a la idea generalizada de que sólo es cuestión de tiempo para que la tecnología o los mercados resuelvan los grandes problemas globales.

No se toman en cuenta los principios naturales inquebrantables, como que todo proceso que implique una transformación química consume energía útil y en algún momento producirá calor residual y que, con el exceso de CO2 en la atmósfera, no se irradiará hacia el espacio.

La transformación de CO2, como lo hacen las plantas que usan la luz solar eficientemente y que también producen calor residual, se ha venido debatiendo por casi dos décadas, pero ha tomado mayor importancia recientemente.

El objetivo principal es descomponerlo en elementos útiles teniendo un beneficio doble. Sin embargo, aunque un progreso tecnológico de esta naturaleza ciertamente contribuiría, por sí solo podría no ser la respuesta a la crisis ambiental que enfrentamos.

¿Cuánto CO2 se va a liberar a la atmósfera con la fabricación y la operación de las tecnologías que se desarrollen con el incentivo de Musk? ¿Cuánto CO2 se va a retirar? Si lo que se retira no es mayor a lo que se libera el beneficio no sería para la atmósfera, pero sí para las empresas involucradas en el desarrollo de esta tecnología.

La industrialización aceleró la cantidad de CO2 liberado, ahora lo que se requiere es reducir las emisiones de CO2 y retirar el exceso que evita que el calor residual se irradie al espacio exterior donde no hace daño. Todo este ciclo está regido por procesos naturales que no podemos modificar, tenemos que encontrar un camino que aproveche la física y la biología, que sea financiable y que logre el verdadero objetivo de reducir el CO2 en la atmósfera.

La descomposición de CO2 ya es factible, pero necesita de energía para invertir la reacción química que lo produjo, si esta energía proviene de los hidrocarburos el resultado sería mayor abundancia de CO2 que la inicial. La otra opción es usar la energía solar en conjunto con otras sustancias catalizadoras para lograr la descomposición deseada. Dicho proceso debe funcionar a gran escala, no sólo en los laboratorios, ser eficiente y barato.

El reto climático es un reto de uso de energía. Para alcanzar los objetivos colectivos establecidos en el Acuerdo de París, debemos abordar tres prioridades. La primera y más importante, reducir aceleradamente la demanda de energía a través de cambios en los patrones de consumo individual y colectivo. 

Segunda, aunque las tecnologías limpias existentes nos ayudan a vislumbrar un camino hacia la reducción de emisiones de CO2, sólo representan 20% del consumo total. Necesitamos innovación tecnológica para que industrias como las de acero, cemento y aviación puedan reducir su alta demanda de energía.

Y finalmente, debemos desarrollar las tecnologías para la transformación del CO2 en algo reutilizable. Para esto se requiere no sólo la innovación tecnológica, sino también una estrecha cooperación entre gobiernos a todos los niveles y el sector privado, así como acciones individuales que contribuyan a desacelerar el deterioro climático.

*Actuaria por la UNAM.

lucia.buenrostro@gmail.com

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

Lee más de este autor