El 14 de enero del 2011 escribí mi primera colaboración en las páginas de El Economista, fue un texto donde explicaba la necesaria renovación de credenciales para votar por una reforma constitucional que colmaba plazos y las medidas para implementar eso sin afectar a la población migrante que no podría volver a tramitar físicamente otra mica. Desde entonces inicié entregas esporádicas de artículos que poco después se formalizaron con una periodicidad semanal. Los contenidos siempre han gozado de libertad. Nunca fui reconvenido por algo escrito, jamás dejó de publicarse mi postura ni se movió una coma de lo que decidí expresar e incluso, en varias ocasiones excedí la extensión permitida y en lugar de editar para ajustar el espacio el periódico optó por ser flexible y publicar completa mi reflexión.

Los temas han sido habitualmente electorales, pero algunas veces nos hemos ocupado de otras agendas sociales y políticas. Durante casi 30 años trabajé en el Instituto Nacional Electoral, primero en su construcción como árbitro comicial de alcance federal cuando era IFE, entre 1990 e inicios del 2014; ya como INE por seis años hasta el 3 de abril del 2020.

El término de un ciclo como servidor público me llama a un reacomodo de actividades profesionales que me impide por ahora continuar con la regularidad de colaboraciones que he mantenido y por eso debo hacer una pausa, que confío sea temporal. Espero en poco tiempo tener las condiciones de seguir escribiendo y si esta casa editorial abre nuevamente las puertas, estaré siempre dispuesto a volver.

Uno de los elementos clave en la transición democrática que se ha desarrollado desde la creación del IFE, es la apertura de los medios de comunicación. Cuando eran tiempos de partido único los medios se comportaban como caja de resonancia del poder y aunque había excepciones, los espacios de alcance masivo no reflejaban ni la pluralidad que existía en el país ni las críticas que pudieran incomodar al presidente en turno.

Me consta que El Economista es un ejemplo de libertad editorial, que sin estridencia construye un espacio plural y abona con mucha seriedad a la vida democrática, al periodismo inteligente, al análisis abierto y tolerante, a la libertad de expresión que es inseparable de todos los instrumentos de derechos humanos y de todas las formas de democracia moderna.

Hago una pausa por voluntad propia, por la necesaria reestructuración profesional y personal en marcha. Le agradezco a las y los lectores, a quienes aportaron puntos de vista para mejorar semana a semana los contenidos a este gran diario donde nadie me cierra el espacio, al que nadie recomendó mi salida y al que de hecho, espero volver en poco tiempo y que esto no sea un adiós, sino un hasta muy pronto.

Gracias por la generosidad de Alberto Vega en su momento y de Luis Miguel González, dos profesionales de primer nivel en la comunicación a quienes les estaré permanentemente agradecido, gracias a todo el equipo de El Economista.

*Especialista en temas político-electorales.

Marco Antonio Baños

Consejero del Instituto Nacional Electoral

Columna invitada

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