Se ha extendido la percepción de que el Producto Bruto (PIB) es incapaz de medir lo que verdaderamente importa en una economía o en una sociedad, por ejemplo, el estado del medio ambiente y los ecosistemas terrestres y marinos, condiciones de salud, sustentabilidad, inseguridad, nivel relativo de deuda pública, desigualdad, emisiones de Gases de Efecto Invernadero, y otros indicadores de calidad de vida. Se sabe igualmente que la contabilidad del PIB incluye cosas en potencia dañinas para la sociedad, tal es el caso de armas, especulación financiera, combustóleo, lo que puede limitar su pertinencia. Incluso, como el Presidente de México, hay quien lo desestima por no ser una métrica de la “felicidad” de las personas, o bien, por representar sólo valores monetarios y materialistas, relativos a las actividades de mercado. Se han realizado esfuerzos contables por mejorarlo (PIB Ecológico o cuentas ambientales) muy poco satisfactorios, mientras se escuchan voces que piden y proponen complementarlo (como las de Amartya Sen y Joseph Stiglitz), o de plano abandonarlo y defenestrarlo en favor de opciones más o menos idiosincráticas. A pesar de todo, el PIB sigue ahí más firme que nunca.

Durante la gran depresión de los años treinta del siglo XX, los gobiernos se enfrentaron al problema sin herramientas de medición estadística, lo que impedía valorar e interpretar adecuadamente la situación económica y tomar decisiones que hubieran podido mitigar sus impactos. Fue entonces cuando el Departamento de Comercio de los Estados Unidos encargó a Simón Kuznets la creación de un sistema nacional de estadísticas sobre el ingreso. Así Kuznets (Premio Nobel de Economía en 1971) construyó la metodología para el PIB en los años cuarenta, que más tarde fue adoptada por las Naciones Unidas y Organismos Financieros Internacionales. Se trata de una métrica sencilla, fácil de comprender y de calcular a partir de información de mercado. Esto es, el valor agregado en dólares (o en moneda local) de todos los bienes y servicios producidos en un país en un año, equivalente – en una doble contabilidad – a la suma de todos los salarios, utilidades, rentas e impuestos en un esquema circular ingreso – gasto, mediado a través del consumo, la inversión, el ahorro, el gasto de gobierno, y el balance entre exportaciones e importaciones. Un rasgo claro y fundamental del PIB es que utiliza valores monetarios de mercado para todas las cosas, que permiten sumar y comparar “peras con manzanas” (por ejemplo, servicios personales con infraestructuras), para las cuales no existe una unidad natural común de medida. Esto se justifica desde la perspectiva de la teoría económica, sobre la base de que los precios de los bienes y servicios, en mercados competitivos, reflejan qué tanto la sociedad valora relativamente diferentes cosas (bienes y servicios).

Sería muy bueno que existiera un indicador diferente al PIB que pudiese medir integradamente de manera sintética todo lo relevante para una economía y para el bienestar social y la calidad de vida; pero no lo hay, ni puede haberlo. No existe una unidad de cuenta agregada común para todo ello, lo que queda claro en la complejidad y discrecionalidad de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y sus 232 indicadores de la ONU, que no ayudan demasiado. En contraste, el PIB en sí mismo dice mucho sobre la riqueza de un país, por lo que siempre será mejor –ceteris paribus– un PIB mayor a otro menor, lo que permitirá una mayor recaudación fiscal, combatir con más eficacia la pobreza, generar más empleos, e invertir en medio ambiente y conservación de la biodiversidad, así como en salud y educación pública, y otros bienes públicos. Tómese en cuenta que hay una alta correlación entre el PIB Per Cápita, la reducción de la pobreza y el Desarrollo Humano (IDH, PNUD).

Y más allá, la correlación se observa con respecto a la sustentabilidad ambiental, de acuerdo al Environmental Sustainability Index (WEF). Aunque el PIB no mide directamente estas cosas, sí está fuertemente correlacionado con ellas, por lo que de todas formas es una métrica indispensable.

Lo más razonable, entonces, es defender al PIB y, como dice el propio Joseph Stiglitz, complementarlo con una batería limitada de indicadores específicos relevantes a cada país, por ejemplo, de desigualdad, pobreza extrema, esperanza de vida, desempleo e informalidad, nivel educativo, cobertura forestal, emisiones de Gases de Efecto Invernadero, homicidios, etcétera.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.