Antes que nada, me disculpo por la omisión y reconozco la calidad vigente de Vidal Llerenas como diputado federal. Toda vez que estoy confiado en que nuestro intercambio de ideas va a continuar hacia adelante, por limitaciones de espacio quisiera tomar como punto de referencia para mi exposición de hoy el llamado incorporado en el segundo párrafo de su última columna en cuanto a atender lo que “la historia nos enseña”. En particular, es totalmente falsa su afirmación de que en México “las reformas, de inspiración ortodoxa, no generaron crecimiento y tampoco estabilidad”.

Así, para continuar el debate la mejor manera que encuentro es recurrir a la historia. “La historia como maestra de la vida”, expresó el sabio romano Cicerón. Desde esa perspectiva, me permito destacar las semejanzas que aparecen entre el actual proceso electoral y el que tuvo verificativo durante 1969 y 1970 con la candidatura presidencial de Luis Echeverría.

Autoproclamándose como el iluminado redentor del momento, Echeverría anunció el cambio de modelo económico por otro “novedoso”, en el cual a los objetivos del desarrollo estabilizador de crecimiento sostenido con elevación continua de los salarios reales se agregó el de corregir la distribución del ingreso. A la cargada se sumaron en masa los intelectuales “progre” y a los economistas de la corriente se les prestó todo el oído. Así, al momento de asumir la presidencia, a esos economistas se les entregaron las riendas para definir y conducir el nuevo enfoque económico que la retórica oficial bautizó Desarrollo Compartido.

El entusiasmo y la esperanza eran extraordinarios, como también las ambiciones de los iniciados. Uno de esos intelectuales apologéticos, Miguel Wionczek, se prestó incluso a encabezar la edición de un libro justificatorio que se publicó (Sepsetentas) bajo el título de ¿Crecimiento o Desarrollo?

A final, el problema del desarrollo compartido no fue la buena intención en la que se fincó sino los resultados funestos. En la práctica, el Desarrollo Compartido resultó en un inflacionismo ramplón, proestatista, endeudador y devaluacionista, que socavó los fundamentos en que previamente se había apoyado el desarrollo estabilizador para lograr sus fines de crecimiento sostenido con elevación de los salarios reales.

En fin, el camino del infierno muchas veces se encuentra empedrado de buenas intenciones. Así, cabe evocar esos paralelismos de la historia en razón de que como lo dijo, también sabiamente, el historiador George Santayana: “quienes olvidan la historia tienden a repetirla”.

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico