La idea es una de las más originales que ha propuesto Netflix en tiempo reciente. Una sala de interrogatorios donde una unidad especial está a cargo, contrarreloj, de averiguar qué sucedió en un caso criminal. Netflix lo presenta como cuatro series distintas, cada uno de sus tres episodios transcurriendo en un país distinto. Son Criminal: Reino Unido, Criminal: Francia, Criminal: Alemania, Criminal: España.

La sala de interrogatorios es la misma: una mesa, cuatro sillas, un botón de grabación, dos cámaras, una pantalla y un gran espejo. La habitación detrás del espejo es también la misma, con su marco de neón rojo; así como los botones, el equipo electrónico, el reloj que lleva el tiempo, el pasillo del exterior, la maquinita de café y comida chatarra, la escalera, el ventanal a la ciudad y el ascensor.

De hecho, los 12 episodios se grabaron en el mismo estudio en España. Los créditos de escenografía, iluminación y diseño de producción, banda sonora y asistencias técnicas son del mismo equipo de producción español.

Los episodios del Reino Unido son escritos y dirigidos por George Kay (Killing Eve) y tienen, por lo demás actores, temática y situaciones que suceden en Londres. Los franceses son dirigidos por Frédéric Mermoud (Engranajes) y escritos por Mathieu Missoffe (Zonab). Los alemanes escritos y dirigidos por Oliver Hirschbiegel (Downfall). Y los españoles por Mariano Barroso (Todas las mujeres).

La premisa de cada episodio es similar, sin importar en qué país está sucediendo. El episodio tiene el nombre del sospechoso. El equipo de investigación tiene conflictos internos, la presión de encontrar algún resultado en un tiempo límite. Los sospechosos son encarnados por actores de primera línea. Las pequeñas variaciones en los códigos criminales de cada país modifican lo que se puede obtener o no con el proceso, pero al final, por lo menos para el espectador, la experiencia es mecánicamente similar: un sospechoso que no quiere hablar frente a un equipo que quiere sacarle la verdad.

Lo mejor que se ha hecho en este tema (el interrogatorio como estructura dramática) se dio en la segunda temporada de The fall (Netflix). Y aunque cada episodio de La ley y el orden, en cualquiera de sus variantes, tenía degustaciones de la tensión que se genera en momentos así, queda claro que su creador, Jim Field Smith, decidió desarrollar el concepto como ejercicio estructural.

En Criminal sabemos nada del caso, de los policías y de los demás personajes. Todo el contexto, dramatismo traducido en tensión, lo debemos obtener de las preguntas, respuestas y reacciones de los equipos. Sí, hay cierto grado de inevitables diálogos expositivos, pero aun así el resultado es más que seductor.

Las cuatro versiones de Criminal tienen otros elementos comunes, más allá de los escenográficos: la idea de que se trata de una unidad especial cuya legitimidad o efectividad están de alguna manera en riesgo, la claustrofobia del encierro y las vueltas de tuerca: los episodios nunca son lo que pensamos que serán, los desenlaces son duros y devastadores, los actores que hacen de interrogados sacan provecho a papeles mínimos diseñados para lucir todo su rango.

A pesar de estos elementos de uniformidad, hay que decir que la experiencia que se obtiene de cada uno de los países es distinta. El mejor de todos es sin duda el alemán. Parte de ello puede deberse al talento de Hirschbiegel. El director es el único que emplaza la cámara de manera distinta, mueve a su elenco de forma natural y nos depara sorpresas en la forma aún dentro del molde al que se le invitó a jugar.

Todo funciona en la dinámica de los interrogadores (Eva Meckbach y Sylvester Groth son espléndidos) y sospechosos. Desde el constructor (Peter Kurth), quien testifica por un crimen cometido 30 años antes; el caso de violencia doméstica donde el abogado defensor (Christian Berkel) tiene su propia agenda; y el intento de obligar a la desquiciada amante de un asesino serial (Nina Hoss) a revelar dónde está el cuerpo de una de sus víctimas. Los episodios alemanes nos dejan al borde del asiento aun sabiendo que no habrán respuestas más allá de los créditos.

En segundo sitio están los ingleses. El padrastro (David Tennant) sospechoso de matar a la hijastra adolescente; la mujer (Hayley Atwell) acusada de envenenar al amante de su hermana; y el chofer de trailer acusado de transportar inhumanamente a inmigrantes sirios.

La unidad francesa es igualmente sólida. Inicia interrogando a una sobreviviente del ataque terrorista en el Auditorio Bataclán (Sara Giraudeau); a una constructora (la extraordinaria Nathalie Baye) sobre la muerte de un carpintero; y a un vendedor (Jérémie Renier) sospechoso de un crimen de odio. Los episodios franceses, como los británicos, están conectados al pulso sociopolítico de su país.

La unidad española es la única que se siente forzada. Sea por un elenco inadecuado (el equipo de investigación no convence) o por la mano pesada de Barroso. Los tres casos son truculentos, exagerados, y son los únicos (de los doce) donde es evidente que las decisiones dramáticas se tomaron “sacudir” al espectador. En “Isabel”, una improbablemente promiscua criadora de perros (Carmen Machi) testifica sobre el asesinato de uno de sus amantes. En “Carmen” (Inma Cuesta), sobre la muerte accidental de su hermana autista. Y en “Carmelo”, el estupendo Eduard Fernández es un cínico traficante de drogas obligado a una decisión difícil.

Es previsible que las cuatro unidades criminales europeas volverán el próximo año a una segunda entrega. Por lo menos tres de ellas nos tendrán revisando las listas de estrenos del 2020.

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).

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