Es absurdo plantar esta inversión como un asunto sólo de política pública; las consideraciones comerciales son ineludibles.

Aún no empieza su construcción y sobre la Refinería de Dos pocas ya pesa un amargo engrudo —un batidillo— de críticas. Individualmente, muchas de ellas parten de cuestionamientos válidos, que hace sentido explorar. Pero, entre el esfuerzo del gobierno por comunicar, y de muchos expertos por analizar y criticar, hemos llegado al punto en el que la propia naturaleza del proyecto se ha empezado a desdibujar. ¿Es una política pública, que busca definir la operación de los mercados de productos refinados y sus precios en el país? ¿O es una decisión de negocios, basada en la percepción de una oportunidad comercial?

Es absurdo plantear una inversión de ese tamaño desde una petrolera, por estatal que sea, como un asunto exclusivamente de política pública. Al final del día, el propósito de refinar es producir. Así que, a menos que pretenda ser un subsidio disfrazado, las consideraciones comerciales son ineludibles como punto de partida. En un contexto acotado a la rentabilidad, marcos cuantitativos como el del análisis del reciente del Instituto Mexicano para la Competitividad deberían tener la última palabra. Si después de correr 30,000 simulaciones basadas en variables clave (como lo hizo el Imco, tomando en cuenta el costo de la inversión, la tasa de interés y tipo de cambio, el precio del petróleo y el margen de refinación) el resultado del cálculo del valor presente neto es negativo en 29,400, la discusión debería terminar inmediatamente. Si los parámetros son correctos, y el análisis se sostiene ante consideraciones como la competitividad del crudo producido y la proximidad a los puntos estratégicos de consumo, no habría mucho más que decir.

Lo que hace que la decisión sea más compleja, y ojalá también hiciera que la discusión fuera más profunda, es que el esfuerzo está inmerso en una preferencia que va más allá de un conjunto de fierros en un proyecto definido. El presidente López Obrador, la secretaria Rocío Nahle y otros funcionarios han declarado recurrentemente que ven la idea de que el sistema de refinación en México crezca y evolucione para poder satisfacer toda la demanda interna como un tema estratégico. No queda ninguna duda de que están dispuestos a plantear una serie de políticas públicas —energéticas, fiscales y quizás hasta comerciales— para acompañarlos.

Si analizar la viabilidad financiera de la refinería es compleja, esta nueva consideración la potencia. Del lado de los insumos, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para que la refinería irrumpa las tendencias de las variables que el presidente pretende cambiar? Del lado de los resultados, ¿qué magnitud de cambios nos estamos imaginando que generaríamos para justificar incrementar el ya multimillonario costo de la refinería con políticas públicas complementarias? Queda claro que hay expectativas de generar nuevos empleos, abrir oportunidades de inversión a lo largo de la cadena de valor de refinación, desarrollar expertise, emplear nuevas tecnologías y quizás hasta repensar a México como una potencia en refinación. Con un mejorado sistema logístico y las esperanzas de mayor producción petrolera, quizás hasta segmentos de la industria que no son contratistas podrían responder o seguir a Pemex más allá del proyecto, hacia una posición más robusta en el territorio mexicano. ¿Qué tan grandes tienen que ser estas expectativas para seguir siendo un contrapeso efectivo del enorme riesgo comercial que se ha identificado en el proyecto? Si el potencial realmente está de ensueño, sólo falta que nos compartan más información y vendan la visión de una forma que contagie a los expertos.

Pedir claridad o pureza en los conceptos de raíz, por cierto, no aplica sólo para Pemex y Sener. La necesidad de que la economía mexicana transite más rápido hacia un futuro más limpio y electrificado, o que se construyan más escuelas u hospitales es evidente. Pero no es un andamiaje válido para concluir, como algunos lo han hecho, que la refinería es inviable. Querer que Pemex sea financieramente más sólida es casi un indicador de mexicanidad. Pero no necesariamente implica que la empresa, como cualquier compañía, le deba rehuir a cualquier tipo de riesgo. Ni a asumir su papel, en ocasiones estratégicas que delineen nuevos espacios de oportunidad colectivos, como un instrumento del Estado.

¿Será muy tarde para replantear la discusión?

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell