La famosa consigna de Maquiavelo: “divide y vencerás” es una extraordinaria estrategia política para multiplicar adeptos y producir fanáticos.

Durante eventos de las campañas intermedias, el presidente Donald Trump, con la altanería que le caracteriza, ha señalado: “ustedes han visto lo que viene para acá, ¡Es una invasión!” —recordándole a sus votantes la promesa de construir el muro—. Nueve meses después, aquel clamor político hizo eco en un muchacho de 21 años, quien recorrió 1,000 kilómetros desde su ciudad de origen (Allen, Texas), hasta El Paso para dar “respuesta a la invasión hispana en Texas” —como él mismo lo declaró en un manifiesto que publicó por Internet—. Ahí, a las afueras de un centro comercial, mató a 22 personas e hirió 24 más. Entre las víctimas fatales se encuentran 13 ciudadanos norteamericanos, ocho mexicanos y un alemán.

No pasó mucho tiempo para que los dedos apuntaran al presidente de Estados Unidos y a su retórica antinmigrante, que tantos “frutos electorales” le han generado. Ese mismo día, el presidente Trump declaró que “el odio no tiene lugar en el país” y que todo lo acontecido en El Paso era la obra de un loco. Qué ironía, ¿no?

En el mismo tenor, desde la Casa Blanca, se activó la defensa férrea del presidente ante los ataques y reclamos. Por desgracia para él y su equipo, son muchos los tuits y son más los discursos en donde ha hecho hincapié en la necesidad de detener la inmigración de la frontera sur y “limpiar” la sociedad estadounidense de “bad hombres” para “make America great again”.

Igualmente, el presidente intentó deslindarse encontrando mil culpables —estrategia política muy socorrida últimamente—. Intenta hacerle creer a toda una nación y al mundo que los causantes de esta masacre son las enfermedades mentales, los videojuegos, sus adversarios políticos —en especial Bernie Sanders y Elizabeth Warren—, e incluso los gobiernos anteriores. Todo esto, omitiendo temas cruciales como el reciente fortalecimiento de los grupos supremacistas que tanto lo apoyan, el control de armas y, sobre todo, el impacto de sus palabras en las mentes de los estadounidenses.

Volvemos entonces a vivir en una época donde el populismo y la retórica de choque resultan electoralmente redituables. Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, los políticos rehuyeron semejantes discursos porque conocían sus potenciales consecuencias y entendían que su misión era gobernar para todos. El “enemigo”, en todo caso, estaba afuera. Por desgracia, esta premisa se ha ido debilitando en perjuicio de la buena política y en favor del mero beneficio electoral. A falta de amenazas reales más allá de las fronteras, hay que inventarse enemigos al interior para construir un ejército de ciudadanos que cierren filas en torno al líder demagogo y lo defienda de sus opositores. Por ello vemos a políticos como Donald Trump hablando de norteamericanos blancos contra mexicanos, ricos contra pobres, prensa mentirosa (“fake-news-media”) contra el pueblo, “El sistema” contra la nueva forma de gobernar... ¿Les suena familiar?

No se necesita ser un genio para entender que los discursos de odio alimentan el odio, empoderan a mentes frágiles que buscan culpables y dividen a la sociedad avivando el lado más obscuro del ser humano. Pero claro, esto no se provoca “sin querer”, que no se nos olvide la famosa consigna de Maquiavelo: “divide y vencerás”. Se trata entonces de una extraordinaria estrategia política para multiplicar adeptos y producir fanáticos, pero también de un juego perverso y cobarde que “arroja la piedra y esconde la mano”. Desde la palestra del liderazgo nacional, se lanza el discurso de odio sin remordimientos alguno y luego actúan sorprendidos ante los crímenes de “locos extremistas”.

Señalar, denostar, atacar en tiempos de las redes sociales tiene un impacto exponencialmente mayor y por lo tanto, los riesgos se multiplican. Además, comunicar argucias, gracias a dicho alcance vertiginoso de las redes, resulta bastante fácil para esta generación de líderes sui géneris que rehúyen a la responsabilidad plena de sus actos y de sus palabras sin importarles que la trascendencia de sus mensajes puede cambiar vidas o, como en este caso, terminar con ellas.

Las lecciones de esta masacre son bastante claras, pero me pregunto: ¿los líderes que nos gobiernan aprenderán a modular sus mensajes por el bien del pueblo o seguirán abanderando sus discursos de odio para beneficio personal? Es pregunta seria.

Abril Alcalá

Diputada Federal

Columna invitada

Doctora en Políticas Públicas y Diputada Federal por el Distrito 8 de Jalisco.