La victoria de Emmanuel Macron en la primera vuelta de las elecciones francesas era una sorpresa imprevisible hace solamente tres meses. Tres son las particularidades del probable futuro presidente de Francia, y por ende uno de los políticos más influyentes del planeta.

No es miembro ni formó ningún partido político y nunca ocupó un cargo electivo. Para presentarse creó el movimiento En Marche!.

En segundo lugar, Macron es a la vez un banquero y un ministro y consejero del presidente socialista, dos lastres para los votantes franceses de izquierda y de derecha. Sin embargo, los supo atraer en un empujón sin precedente que también jaló a políticos tradicionales del centro, de la derecha y de la izquierda. Por esas mismas razones, su programa económico y social permanece vago y general, capaz de satisfacer a todo tipo de público. Y aun así fue el candidato más votado.

Tercera particularidad, el éxito inesperado del joven político de 38 años que hace dos años era un desconocido constituye una buena noticia y la mayor garantía de estabilidad para Europa.

Era el único de los 11 candidatos presidenciales en ser proeuropeo sin reserva y en desear más, y no menos, integración continental. La reacción molesta de los medios de comunicación en el Reino Unido o Rusia frente a los resultados habla más sobre la lección que dieron los electores franceses a los populistas.

Los dos grandes partidos tradicionales, el gaullista y el socialista, fueron ambos barridos de la contienda pero llamaron inmediatamente a votar por Macron, el exministro del aún presidente Hollande, sin partido.

La decepción vino del candidato del partido comunista, Jean-Luc Mélenchon, quien llegó cuarto con un espectacular 19% de los votos. Mélenchon se negó a apoyar inmediatamente a Macron frente a la extrema derecha. Todo lo opone a Le Pen, la visión del pasado y del futuro de Francia, las soluciones económicas y sociales a la crisis, el trato a las minorías. Pero coinciden en dos temas de política exterior: su hostilidad visceral a la construcción europea tal y como se esgrime desde Bruselas y su inclinación hacia la Rusia de Putin. La hipótesis de un duelo Le Pen-Mélenchon habría trastornado no solamente a Francia sino a la Unión Europea y a las relaciones internacionales en general.

Por eso, la presencia de Macron representa la apuesta de la estabilidad para Francia, Europa y el mundo. Ahora dependerá de su programa que represente un progreso y aleje eficazmente el espectro de una victoria de partidos extremistas, xenófobos y antieuropeos en las elecciones venideras.

Por lo pronto, falta ratificar este primer éxito en la segunda vuelta cuando se enfrentará a Marine Le Pen. Todo permanece posible; un traspié de cualquiera de los dos candidatos en campaña, un atentado de terroristas islamistas o un nuevo escándalo de corrupción podrían cambiar el juego, así como el largo puente del 8 de mayo que celebra la victoria contra la barbarie nazi en 1945. La celebración de las elecciones un día antes de tal evento es simbólica. Por un lado, está la representante del nacionalismo proteccionista, que condujo a la guerra y cuyo padre aún considera las cámaras de gas como un detalle en la historia. Por otro lado, un joven tecnócrata liberal que pregona más apertura a Europa y al mundo. Esta vez, para los franceses la alternativa es clara y su elección afectará el resto del mundo.

* Profesor en Estudios Internacionales del ITAM