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De Haití, por supuesto
La solución para Haití no será fácil y plantea muchos retos para la comunidad internacional pero, sobre todo, para el propio pueblo haitiano.
Es imposible ver las imágenes que nos han llegado durante la última semana desde Haití y no preguntarnos qué va a pasar con ese país.
Imposible mantenerse al margen e imposible no tratar de encontrar -al menos para tranquilidad de uno mismo algo que se asemeje a una respuesta.
Este texto responde a esa inquietud. Es un intento de poner ciertas cosas en claro, de develar ciertas variables que, en su conjunto -y con mayor o menor peso- definirán en los próximos meses el futuro de Haití y de sus ciudadanos.
Identifico cuatro cuestiones que hay que mantener en el radar:
1. La capacidad de la ONU para redefinir rápidamente su mandato en Haití. Si algo demostró el terremoto en ese país es que en sus casi 17 años de presencia en ese país, la ONU ha tenido poca incidencia en la creación de un Estado democrático medianamente funcional. La tragedia que llegó también a los cuarteles de las Naciones Unidas y que impidió, entendiblemente, una respuesta inmediata de su parte para organizar una respuesta frente al desastre, no es excusa para la lentitud con la que reaccionó la alta burocracia de la ONU en Nueva York. En suma: o la ONU logra sacudirse del shock y de la lógica bucrocrática para asumir el liderazgo o va a quedar relegada a un actor secundario en la reconstrucción haitiana.
2. La capacidad de la administración Obama para mantener a Haití como una de sus prioridades de política exterior. Las fuerzas para relegar la crisis haitiana son y serán muchas. El presidente Obama tiene ya las manos llenas con una guerra de varios frentes en el Medio Oriente, y no será fácil que, como se dice comúnmente, cuando se vayan los reflectores el Presidente logre mantener interesados en el tema a los estadounidenses. Una de las claves para que la Casa Blanca se gane el apoyo que necesita de los contribuyentes, será su claridad para definir el plan de acción y las metas precisas de su presencia en la isla. Un mandato poco claro se traduciría en una presencia demasiado corta o demasiado larga, pero en cualquier caso, no apropiada para echar a andar a Haití.
3. La capacidad de la diáspora haitiana alrededor del mundo para incidir en la formación de un Estado haitiano más responsivo y eficiente, así como de una sociedad civil más fuerte e interconectada. El papel de la diáspora que se compone de casi 4 millones de haitianos no debe ser menospreciado: sus remesas representan un tercio de la economía haitiana y equivalen a 90% de su presupuesto nacional. El reto para los haitianos en el exterior será crear un frente común para comenzar a diseñar una estrategia más intencionada hacia la isla, sobre todo ahora que el dinero de la comunidad internacional va a comenzar a fluir más, lo que liberará ciertos recursos y presiones financieras.
En este punto no partimos de cero. Hay en marcha iniciativas que prometen. Por ejemplo, aquella que estaba siendo empujada por la diáspora estadounidense para dirigir 1 dólar por cada envío de remesas para mejorar los servicios públicos en Haití.
A estas tres variables se tendrá que sumar una más: el nivel de responsabilidad que tendrán otros países como Brasil y Francia en la reconstrucción. Será interesante ver si Brasil se hace de un papel preponderante y con ello, asegura su posición de potencia regional.
La solución para Haití no será fácil y plantea muchos retos para la comunidad internacional pero, sobre todo, para el propio pueblo haitiano. A ellos son los que nosotros, ciudadanos comunes del mundo, debemos acompañar en este proceso.
afvega@eleconomista.com.mx