De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones de los Hogares, en México, una de cada dos mujeres sufre de algún tipo de violencia por parte de sus parejas, esposo o novio, y una cuarta parte ha sufrido violencia en los 12 meses previos. Cuatro de cada 10 mujeres reciben abuso emocional, siete de cada 100 son objeto de abuso sexual, más de una de cada cinco sufre abuso económico o patrimonial y una de cada cinco son o han sido objeto de maltrato físico por parte de sus parejas. Ocho de cada 10 mujeres han sufrido violencia física o sexual por parte de sus parejas, sin que pidieran apoyo y presentaran ningún tipo de denuncia.

Dados estos números, es evidente que la violencia hacia las mujeres nos rodea. Todos somos testigos directos o indirectos de la violencia y con frecuencia la ignorarnos, la justificamos o minimizamos o, en muchos casos, como hombres, lo que descalificamos son las expresiones legítimas de ira y hartazgo en su contra.

Las mujeres no piden apoyo o no denuncian en tres de cada 10 casos, porque consideran que el acto de violencia no tuvo demasiada importancia o en una de cada cinco casos, porque temió a las represalias de su pareja agresora. Algunas (una de cada cinco) tiene vergüenza en reconocer su condición, por ello no pide apoyo, sabiendo además que en muchos casos (por desconocimiento o por franca ignorancia o estupidez), quien la escuche pensará “ella está ahí porque quiere” o “algo habrá hecho para provocarlo”.

Distintos estudios a nivel mundial muestran que, además, la violencia genera afectaciones a la salud tales como depresión y propensión hacia las adicciones. En uno de los estudios más amplios que se ha realizado al respecto, se encontró una correlación inversa entre los niveles de ingreso en los hogares y la mayor propensión a sufrir violencia en el hogar, lo que, dada la dimensión del problema, de ninguna manera quiere decir que los hogares de mayor ingreso no se presenten fenómenos de violencia.

Otros estudios han intentado valuar el efecto económico (en términos de atención de salud) de la violencia; llegando a estimarse en el 2003 en Estados Unidos un monto de 5.8 billones de dólares anuales y de 23 billones de libras en el Reino Unido.

Además, existen costos económicos indirectos derivados de la violencia doméstica. Por ejemplo, las mujeres violentadas pierden al año un número significativo de días laborales, lo que representa una seria afectación económica hacia las mujeres y sus hogares.

Las afectaciones psicológicas de la violencia tienen también impactos económicos indirectos, dada la afectación general en términos de construcción de relaciones futuras y en su posibilidad de crecimiento profesional por las limitaciones que la violencia les impone.

La violencia contra las mujeres es un tema que atraviesa muchos aspectos, desde económicos hasta sociológicos, pero únicamente se detiene de golpe ante la implantación de mecanismos confiables que garanticen la certeza de que el Estado de derecho proteja los derechos fundamentales de las mujeres como ser humano y, en particular, como un grupo vulnerable ante la violencia específica derivada del género.

Es fundamental que pensemos menos en cómo criticamos las expresiones de hartazgo frente a la inaceptable situación de violencia que viven las mujeres en nuestro país y más en cómo exigimos que el Estado cumpla su función principal que es la protección de sus ciudadanos; en este caso, de un grupo al que históricamente se le ha vulnerado.

Ésa es la realidad, la tragedia y la vergüenza de lo que permitimos que ocurra a nuestro alrededor. 

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Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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