Si los empresarios saben que la corrupción agrega costos, ¿por qué no trabajan con sus competidores, proveedores, clientes y empleados para mejorar su entorno?

La corrupción se entiende como el abuso de poder público o privado que utiliza funciones o medios organizacionales para provecho propio. Aunque inicialmente se enfocaba en temas morales; hoy también se relaciona con la deformación del criterio en la toma de decisiones o la perversión de gobernabilidad.

Al mismo tiempo, es una práctica individual, institucional y cultural. En el primer caso, el individuo percibe que hay más beneficios si es parte de la corrupción que si opera con integridad. A nivel institucional, la corrupción tiene que ver con la debilidad de los mecanismos de gobernabilidad organizacional, en particular la falla del Estado de Derecho. A nivel cultural, la corrupción se vuelve una costumbre, un modo de ser, una regla no escrita que informa las relaciones interpersonales a nivel económico, político y social.

Ante este panorama, la pregunta clave es: ¿cómo erradicar esta práctica? Primero, hay que tomar en cuenta que se debe luchar contra la corrupción desde los tres sectores: público (gobierno), privado (empresarios) y social (individuos, familias y organizaciones no gubernamentales). Cada uno debe hacer su parte.

Y aunque el papel del sector público es primordial, no es suficiente. En este ámbito es fundamental fortalecer el Estado de Derecho y combatir la impunidad. Por lo tanto, hay que tomar en cuenta que la corrupción no es sólo asunto de sanciones, sino también de cultura y por lo tanto involucra usos, costumbres y valores.

Sin embargo, decir que la corrupción es asunto cultural no implica que, por ejemplo, los latinos son más corruptos que otros. No es cuestión de ADN, ni de clima o geografía. Es cierto que la corrupción se da más en economías emergentes que en economías maduras. Eso se debe a cómo las sociedades perciben ciertos valores. Por ejemplo, muchas culturas latinas y asiáticas están acostumbradas a la centralización del poder, al paternalismo, al asistencialismo y a estructuras sociales piramidales.

Estas ideas sobre el orden político y social, incluso cimentadas en buenas intenciones, tienen muchas veces impactos negativos en la sociedad. La centralización de poder y el paternalismo sofocan el ejercicio de libertad responsable, la cual es necesaria para tener una sociedad dinámica, innovadora y creativa.

Además, en la cultura actual prevalecen ciertos aspectos y pensamientos que fomentan la corrupción, como:

•No premiar la integridad en la vida familiar y profesional.

•Alto margen de tolerancia a la corrupción: “El que no transa no avanza”.

•En la cultura empresarial mexicana, los fines justifican los medios. Pueden importar más las ventas que los temas relacionados con integridad.

•La falta de pesos y contrapesos como mecanismos de gobernabilidad organizacional.

•Manifestaciones de corrupción desde la empresa como: el machismo, el neofeudalismo y el nepotismo.

•La fe mal entendida tiene poco impacto práctico en las empresas, puesto que no se relaciona con la responsabilidad social de la organización, ni con la ética de los negocios.

Sin embargo, a través de buenas prácticas de gobierno corporativo y de ética, las empresas pueden mejorar el entorno de negocios en México. Para ello es esencial conocer los puntos en donde surge la corrupción, los cuales presentaremos en la siguiente entrega en este espacio.

*Profesor del área de Entorno Político y Social de IPADE Business School. Twitter: @ipade