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Colgar los tenis
Octavio Paz, nuestro pensador más insigne, escribió: Para el mexicano moderno la muerte carece de significación. Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más viva que la nuestra. Pero la intranscendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.
Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en las de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: si me han de matar mañana, que me maten de una vez . Hasta aquí, nuestro Premio Nobel de Literatura.
Para confirmar lo manifestado por don Octavio basta recorrer algunos aspectos del folclor nacional.
¿Qué tal los modos que utilizamos para expresar que alguien se nos adelantó? Colgó los tenis; salió con los pies por delante; está viendo crecer los rábanos por abajo; mordió el polvo; se petateó; estiró la pata; se lo llevó patas de cabra; le está dando de comer a los gusanos; anda de minero; entregó el equipo; se lo chupó la bruja; se puso su pijama de madera; palmó; está haciendo la meme gigante; chupó faros y se lo cargó el payaso.
Otro rubro en el que la muerte, la flaca, la tilica, la calaca, la parca, la pálida, la pelona, la seria, está presente es en los refranes y dichos populares: El que por su gusto muere hasta la muerte le sabe . El muerto al hoyo y el vivo al bollo . Sólo los pavos de Navidad se mueren la víspera . Matrimonio y mortaja del cielo bajan . El muerto y el arrimado a los tres días apestan . Si te toca, aunque te quites; si no te toca, aunque te pongas . Te salvas del rayo, pero no de la raya . Cayendo el muerto y soltando el llanto . Donde lloran está el muerto . Sólo el que carga el cajón sabe lo que pesa el muerto .
Sobre el muerto, las coronas . Cómo que se murió si me debía . A mí las calaveras me pelan los dientes .
Tal vez donde más se exhiba el jugueteo y el menosprecio por la muerte sea en la canción ranchera. A la frase que cita el maestro Paz en el párrafo que me sirve de introducción podemos agregar: Si me matan al pie de su reja, a lo macho me harían un favor . Préndeme fuego si quieres que te olvide, méteme tres balazos en la frente . Si me matan a balazos que me maten que al cabo y qué . En qué quedamos pelona me llevas o no me llevas . México lindo y querido si muero lejos de ti . Acaba de una vez de un solo golpe, por qué quieres matarme poco a poco . Mátalas con una sobredosis de ternura . Los maté, sí señor, y si vuelvo a nacer, yo los vuelvo a matar . Que quiso mucho a Gilberto y dio muerte a don Julián . La mujer que quise me engañó con otro, les seguí los pasos y maté a los dos . Éstas son algunas de las que me acuerdo. No quise meterme con los narcocorridos porque en este género se muere hasta el que toca el acordeón.
La muerte me da risa
El otro día me encontré al comediante José Natera y con el humor que lo caracteriza me dijo que venía del funeral de su abuelo. Mi abuelo me informó- tenía 85 años de edad y se negaba a casarse porque le gustaban las mujeres mayores que él. Lo convencimos de que lo hiciera con una joven de 30 años, amante de la arqueología que prometió sacarle la juventud de su pasado. Felices, se fueron de luna de miel a Nueva York. Mi abuelo murió en la Quinta avenida.
Con una sonrisa llegó a la funeraria. Un sitio muy curioso, porque es el único antro que no cierra en toda la noche. Me ofrecieron el tradicional café con piquete. No lo acepté, en primera porque no me gusta el café y en segunda porque quién sabe quién me iba a dar el piquete.
Pero cuando me saqué de onda fue cuando alguien mencionó la Marcha Fúnebre. Pensé: ¿a poco vamos a sacar el ataúd con el cadáver a la calle y nos vamos a ir al Zócalo gritando: Este muerto sí se ve, este muerto sí se ve. Se ve, se siente, el muerto está caliente. Los deudos unidos jamás serán vencidos?
Oí por ahí
Murió el hombre más flojo del pueblo. Era flojo, pero honrado: un día encontró un trabajo y lo devolvió. Su viuda en este caso la que iba a pasar a mejor vida- llevó al muerto a la funeraria, compró una féretro y organizó el velorio. Dudaba entre enterrarlo o incinerarlo, en eso llegó el compadre Pancho, la abrazó: Caray comadre, quién lo dijera. ¡Se nos fue! Y no logró ver campeón a su Cruz Azul en los últimos 15 años .
La viuda le comentó al compadre Pancho su inquietud sobre enterrarlo o incinerarlo. El compadre le contestó: Ni lo piense, incinérelo y meta las cenizas en un reloj de arena para que ora sí el huevón de mi compadre todo el día trabaje .