Señor Luis Miguel González / Director General Editorial de El Economista

Presente.

Estimado Luis Miguel, la presente quería escribirla mi esposa pero, luego de discutirlo un rato, la convencí de que, aunque ella aporte algunos puntos de vista, es a mí a quien corresponde la redacción epistolar, no sólo porque el tema que quiero tratar me atañe directamente, sino porque deseo aprovechar la misiva para cumplir con mi colaboración de este jueves.

Como sabemos todos los que participamos en calidad de columnistas en el periódico que tú diriges, nuestras columnas van siempre acompañadas de nuestras fotografías; de ello se habrán percatado los que nos leen o sólo miran las páginas del diario. No sé si esta modalidad tenga como objetivo el hacerle ver a los lectores que los que escribimos y damos nuestra opinión sobre diversos tópicos de la vida nacional somos seres reales, o bien, la idea de las fotografías funciona, en algunas colaboradoras y en determinados colaboradores, como una especie de Tinder, con lectores y/o lectoras que, además de contemplar un físico más o menos agradable a la vista, adviertan en la redactora o en el redactor de lo leído un alma intelectualmente gemela.

La cuestión es que en mi columna, “El Privilegio de Opinar”, publicada el pasado martes, la fotografía que la acompañó en el margen superior derecho no me hace justicia; en ella aparezco decrépito y chocheando como si me hubieran corrido sin aceite y en terracería. Una fotografía como la publicada avizora mi fracaso como galán otoñal. Es más, considero que tal insidia le da un tono sensacionalista y matices amarillistas a la publicación que diriges.

Sin embargo, eso es normal. Tú tienes la libertad de publicar mi fotografía aun en la pose que menos me favorezca. Así es la democracia, así es la pluralidad. Pero el diálogo debe ser circular, tú publicas y yo ejerzo mi derecho de réplica. Si bien mi deseo no es convertirme en dictador, sí voy a aceptar lo que me dicta mi mujer. Ella dice que bienvenida la pluralidad y el debate y te pide que para la próxima recurras al Photoshop. Quiere que en mi retrato me vea como si tuviera 30 millones de bótox.

Salinas, Maquiavelo de bolsillo

Con el pretexto de los 500 años de la escritura del tratado de doctrina política “El Príncipe”, por Nicolás Maquiavelo (1469-1527) —en realidad lo escribió en 1513 y fue publicado póstumamente en 1531—, el ex presidente Carlos Salinas de Gortari reapareció en público al concurrir al Instituto Mexicano para la Justicia con la ponencia “Realismo e idealismo de Maquiavelo”, en la que, como diría mi abuela, se lo dijo a Pablo para que lo supiera Pedro.

Salinas señaló: “la paradoja está precisamente en lo que dice Maquiavelo: Un hombre que está acostumbrado a actuar de una manera no cambia nunca. Estamos en un momento maquiavélico, porque la República está ante un gran riesgo, el de renacer o el de desaparecer”. Agregó: “Muchos gobernantes y políticos han leído esa obra (‘El Príncipe’), pero pocos la han entendido”. (Esto último se lo dijo a Pablo para que lo supiera Enrique que confunde la obra de Maquiavelo con la de Antoine de Saint-Exupery “El Principito”).

El redactor de lo que usted lee manifiesta que sin ser especialista sí ha leído “El Príncipe” y, a mi nivel, le he entendido. Es por esto que a continuación reproduciré algunos párrafos del capítulo XXII de la obra maquiavélica con dedicatoria a la opinión vertida, sobre el gabinete de Pedro por el constitucionalista Diego Valadés, en la revista Proceso que desde el pasado domingo está en circulación:

“La elección de los secretarios es una de las cosas más importantes y que da mejor a conocer la sabiduría de quien los elige. La reputación de un príncipe depende muchas veces del mérito de las personas que le rodean” (...) “Hay tres clases de talentos: unos que saben descubrir cuánto les importa saber, otros que disciernen con facilidad aquello que se les propone y, en fin, los hay que no entienden por sí ni por ajeno discurso. Los primeros son sobresalientes; los segundos, buenos, y los terceros, absolutamente inútiles” (...) “Pero, ¿qué medios hay de conocer al ministro? He aquí uno infalible: consiste en observar si se ocupa más en sus intereses propios que en los del Estado. Un ministro debe dedicarse enteramente a los negocios públicos y no entretener nunca al príncipe con sus asuntos particulares. A éste le toca cuidar los intereses del ministro y colmarle de honores y bienes; de este modo, el ministro no ambicionará nada y temerá perderlo todo si no sirve bien a su príncipe. Si no van de acuerdo el príncipe y el ministro, el primero sufrirá más las consecuencias”.

Whatsapp

Esta mañana le dije a mi hija que por favor me pasara el periódico, a lo cual ella me dijo: “Papá, ya estás viejo, desactualizado y no encajas en el mundo de hoy”. Entonces me pasó su Iphone 7.

Para no hacerles la historia muy larga: La mosca está muerta, el celular hecho mierda y mi hija llorando.

[email protected]

Manuel Ajenjo

Escritor y guionista de televisión

El Privilegio de Opinar

Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros.