La oscuridad de la razón es la fábrica óptima de las teorías de conspiración.

Tras el avance de la pandemia un grupo de británicos decidió destruir antenas difusoras de internet propiedad de Huawei creyendo que el nuevo coronavirus se propaga a través de las ondas de la señal 5G.

Azuzado por el inquilino de la Casa Blanca y aturdido por las redes sociales, un conjunto de la población global cree que el gobierno chino incubó el nuevo coronavirus en el planeta como si se tratara de una bomba nuclear de lenta destrucción.

Detrás de la nube de desinformación, queda la realpolitik. Poco a poco se va levantando el telón de la nueva normalidad y ya se puede observar la suspensión de libertades en Hong Kong (un país, un sistema) y el boicot de Australia, Estados Unidos y Reino Unido a Huawei como si se tratara de una embajada china.

Australia fue el primer país que bloqueó, en el 2018, a la empresa china al considerar que su tecnología 5G podía servir al espionaje.

La administración Trump ha calificado a Huawei de amenaza para la seguridad nacional. Desde hace un año prohibió a las empresas de su país venderle productos como semiconductores, y específicamente a Google, darle acceso a sus servicios de telefonía inteligente.

Angela Merkel deberá de decidir en septiembre qué va a ocurrir con el 5G de Huawei. Existen posiciones enfrentadas, entre priorizar la seguridad o las relaciones comerciales con China. En Francia, al momento no hay veto general a Huawei, pero los operadores que utilizan su tecnología solo recibirán permisos de explotación para ocho años, un límite que no se impondrá con proveedores rivales como Nokia o Ericsson.

El primer ministro Boris Johnson dijo el año pasado que Huawei no se encontraría con ninguna barrera de entrada en su país para instalar la tecnología 5G. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? La nueva ley de seguridad articulada por Pekín para aplicarla en Hong Kong, cuyo único objetivo es terminar con la disidencia que, desde hace más de un año, no ha dejado de salir a las calles para protestar por la injerencia de Pekín en sus libertades.

China ha roto un acuerdo firmado con Reino Unido en 1997. Tendrían que haber pasado 50 años para poder extender su marco legal hacia Hong Kong.

El gobierno de Xi Jinping señala a supuestas fuerzas oscuras del exterior como responsables del proceso de desestabilización en Hong Kong, pero fue Pekín, quien a través de una propuesta de ley de extradición, detonó el malestar entre el grupo prodemocracia.

La crisis de la pandemia envalentonó a Xi Jinping no sólo a activar la ley de extradición sino a apostar por un objetivo mayor: eliminar la base legal que unía a China con Kong Kong, “un país, dos sistemas”.

Boris Johnson ha respondido a través de dos vías: la oferta a hongkoneses de tres millones de visas para trasladar su residencia a Reino Unido y el boicot contra Huawei.

En el ámbito geopolítico el presidente chino ha movido sus piezas en contra de los intereses de Estados Unidos y Reino Unido aprovechando que la política exterior del presidente Trump da muestras de una clara debilidad, y que el Brexit ha degradado el poder de los británicos en el exterior.

Pekín también se está aprovechando que la crisis del nuevo coronavirus no ha sido tomada en serio por el presidente Trump. El proceso de debilitamiento de su imagen está correlacionado con el número de muertos que ha provocado el virus. Lo más impactante es que al día de hoy no existe una sensibilidad de Trump sobre el tema. No es Biden quien lo está poniendo contra las cuerdas, es la pandemia, y Trump, no quiere darse cuenta.

La nueva normalidad nos está dejando múltiples lecciones, incluyendo teorías de la conspiración.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.