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Opinión

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Banquete para cenar

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Alfonso Reyes. Foto EE: Especial.

“A todo le llaman cena, aunque sea un taco con sal”, dice el refranero mexicano sobre nosotros.  Y es que, de nuestra buena sazón y talante antojadizo, hay certezas desde siempre. Mucho más en días festivos como los que corren hoy: cuando la comilona de Navidad ya pasó, acabamos de entrar a la semana de recalentado y ya estamos pensando en la próxima cena.

No lo niegue usted, ni se avergüence. Es verdad que a través de los libros podemos abordar los temas que más nos gusten, pero ahora sería mejor no tener que elegir entre la alegría y el llanto, la profundidad o el entretenimiento. Optar por un tema tan delicioso como la comida y poner a algunos escritores mexicanos en la misma cazuela a ver qué tal resulta la receta.

Evitaremos decir obviedades, como que la relación de cada uno con la comida determina no sólo su figura sino también su actitud ante la vida, no señalaremos a quienes se dedican a comer o a quienes se matan de hambre. Jugaremos con algunos libros que nuestros autores han escrito sobre el tema, aunque todavía existan muchos que se consideren “verdaderos literatos” y por ello opinen que el asunto gastronómico es mera frivolidad. Sabrosa, si se quiere, pero menos digna y profunda que la muerte, el amor o la tragedia de existir. Sin embargo, lector querido, recuerde  que siempre han existido quienes se las arreglan para hacer novelones en forma de recetario y le dan al clavo (de olor) con metáforas a veces comestibles, a veces indigestas.

Durante algún tiempo se pensó que una vez que los autores sentían haber trabajado lo suficiente, llorado ante la página en blanco, patinado sobre el despectivo hielo de la filología, publicado media docena de libros y encontrado por fin “su estilo” ya  podían sentarse gozosos a escribir sobre tales “temas menores”. Ejemplos, sobran. Salvador Novo hizo un feliz catálogo razonado de sus recetas favoritas, Artemio del Valle Arizpe se hundió en su taza de chocolate, Alfonso Reyes se olvidó de erudiciones para hablar de vino y guajolote al horno y algunos lectores, a punto de llegar al punto más alto de la alacena intelectual, fueron a las librerías a pedir La cocina jerezana en tiempos de López Velarde en vez de la Suave Patria.

Sin embargo, por más que digan que “Los Hongos mexicanos comestibles” de José Juan Tablada es un experimento “fantasioso, lúdico y casi una composición casera” es difícil caer en el engaño. Tanto Tablada, como Alfonso Reyes, en sus "Memorias de cocina y bodega minuta" descubrieron que entrar a la cocina con una pluma en vez de una cuchara era delicioso y sus lectores se dieron cuenta que sus viajes gastronómicos no desmerecían al de Ulises en “La Odisea” y hasta causaban la misma impresión.

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Reyes, acudiendo a la frase Goethe “Acuérdate de vivir”, siempre disfrutó de la buena mesa, el buen vino, las tertulias, los comensales en su casa y las conversaciones infinitas. Y es bien sabido que en la sobremesa hablaba de todos los platillos que había comido viajando y viviendo en España, Brasil, Argentina, Alemania y recorriendo el mundo entero. “A veces la vida es tan amarga que abre las ganas de comer” escribió alguna vez, entre sarcástico y melancólico. Y después agregó: “Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan cualquier caos que se presente. La literatura, la comida y todo acto de alimentación requieren tiempo, planeación, estrategia y cocimiento. Y el hombre se nutre no solamente para asegurar su crecimiento y desarrollo sino también por placer”.

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Jorge Ibargüengoitia sobresale en este tema. Va recorriendo la América ignota con una torta compuesta en la mano y se arriesga al afirmar que la cocina es punto central de su obra y sus referencias culinarias “un registro social del mexicano o un intento de dejar plasmadas para siempre las costumbres de mesa del género humano en la segunda mitad del siglo XX”. Es difícil imaginar que los sobrevivientes de nuestras guerras y revoluciones pudieran como Ibargüengoitia, explicar a la sociedad mexicana a través de una enchilada, más platillos y personajes, tanto en la realidad como en sus textos, han creado verdaderas mitologías. El Armando de las famosas tortas -que le dio su nombre a este platillo, al igual que Napoleón al famoso pastelito- aparece en “Sálvese quien pueda”, libro de Ibargüengoitia, como uno de los pilares de la cocina mexicana de la segunda mitad del siglo XX.

Si hubiéramos de elegir entre Alfonso Reyes, Salvador Novo, José Juan Tablada, Ramón López Velarde o Jorge Ibargüengoitia poco importaría. Porque, si bien con distintas sazones, todas sus escrituras son exquisitas y leerlas, un banquete.  Por ello, en estos días de asueto, aproveche, Y para la comilona de fin de año, que ya no tarda nada, lector querido, no olvide que al que masca poco o mal, ni le sabe la comida ni la digiere cabal y tampoco que la cena es para el despierto y para el dormido no hay cena.

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