Un primer síntoma de una grave crisis económica es la negación y eso es lo que hoy les está pasando a los argentinos; al menos, a su gobierno: no quieren ver que tienen frente a ellos una bomba de tiempo a punto de estallar.

El México de 1994 fue una negación constante de una difícil situación financiera, hasta que en diciembre de ese año no se pudo contener más y estalló la crisis que el mundo conoció como el efecto tequila.

Desde entonces y hasta la fecha, las lecciones aprendidas por los mexicanos nos han salvado de las crisis financieras, lo que es muy diferente a ser inmunes a los ciclos económicos. Eso es imposible.

Pero Argentina, que ya fue patrocinadora del efecto tango que se dejó sentir en el planeta entero , se enfila hacia una nueva crisis. Una que tendrá menores efectos financieros globales por el autoaislamiento de ese país, pero que sí promete agravar las condiciones de vida de los habitantes de ese país sudamericano.

Decía que la negación es mala consejera económica, y el gobierno de Cristina Fernández no quiere aceptar que tiene un problema serio que inicia por un nivel inflacionario que triplica lo que oficialmente aceptan.

Desde la Casa Rosada, que es el sitio donde se controla al banco central de Argentina, mandan decir que la inflación anualizada es de 10%, cuando los cálculos más conservadores hablan de no menos de 25% de inflación.

Las estadísticas oficiales de inflación de ese país no son creídas por nadie. Ni por los sectores económicos locales ni por los extranjeros. Empezando por el Fondo Monetario Internacional, que advirtió al gobierno de Fernández que la veracidad de su información es indispensable para su permanencia en esa institución.

Al error de no aceptar la acelerada inflación lo secundan con otra equivocación: el congelamiento de precios. Desde este año, hay un decreto vigente que congela el precio de 180 productos de primera necesidad. Es de primer año de Economía el conocer las consecuencias de esta medida.

De la mano de este congelamiento de precios que afecta a comerciantes y productores, que mantienen la alta inflación en sus costos de producción, están los crecientes subsidios a diferentes servicios que irremediablemente aumentan el déficit en las cuentas públicas.

Evidentemente los argentinos que ven cómo se pierde el poder de compra de su moneda se refugian en divisas más fuertes como el dólar, lo que ha provocado desequilibrios en las cuentas externas y por lo tanto la adopción de medidas al estilo de los gobiernos controladores.

Hay una limitante para cambiar pesos argentinos por dólares, lo que ha incentivado un creciente mercado negro. Así, la paridad oficial es de 6.50 y el mercado negro vende dólares en 11 pesos argentinos.

Hay un empeño del gobierno de Cristina Fernández de seguir más las estrategias al estilo venezolano que de las recetas de los organismos financieros internacionales. Desafortunadamente, los resultados del gobierno de Nicolás Maduro no son precisamente los mejores y menos lo serán para un país como Argentina, que no tiene las reservas petroleras del Orinoco.

No se antoja una corrección financiera por la buena, preventiva en Argentina. Así que lo que tenemos a la vista es una nueva crisis de proporciones mayores en ese país. Una crisis local, de poco impacto global, pero que seguramente implicará, entre otras cosas, nuevos flujos migratorios.