La frase que titula este Garage es una cita de Ulises de James Joyce. No me pregunten en dónde viene porque yo me perdí leyendo el Ulises y tengo miedo a volver a ese libro.

La cita viene a cuento porque siempre me ha recordado las ganas de hacer, de viajar, de cambiar al mundo que uno asocia con las 8 de la mañana: chilaquiles y jugo de naranja al ristres, tres tazas de café en la panza; venga, denme lo que sea que con todo puedo.

Y de ese sentimiento paso a pensar en los grandes exploradores del mundo. Incansables viajeros que apenas se detenían a respirar, miraban y anotaban, miraban y anotaban. Eran reporteros con boleto de primera fila para la historia.

De todos mis favoritos es Alexander von Humboldt. Nacido en 1769, a Alexander—mi amigo, mi bro, mi pana— le tocó vivir la plena era del Romanticismo y esos sentimientos exaltados lo acompañaron en sus viajes por el mundo. El mundo era uno y había que encontrarle si rarezas. Y vaya que Alexander se las encontró.

Von Humboldt es famoso en estos lares porque fue uno de los primeros exploradores europeos en América, sobre todo en México, en ver con respeto las particularidades de estas tierras: no europeizar, sino apreciar.

Es un personaje fascinante, mi Alexander. Vio México como nadie antes que él. Sus observaciones se recogen en más de 20 libros que hoy son el fundamento de la geobotánica, el estudio de la ecología, la sociología relacionada con el medio y son todavía muy importantes para los historiadores de la región.

A Alexander sobre todo le admiro su hambre por saber, su curiosidad. Y su falta de ataduras. Viajaba como un niño con los ojos del tamaño de un río, y aunque a veces extrañaba su Prusia natal, pronto se deshacía de esos sentimientos para dedicarse a la obra de su vida. De verdad que Alexander no conocía el síndrome del Jamaicón.

Si quieren saber más de él de un modo divertido, novelesco, está el libro La invención de la naturaleza: el Nuevo Mundo de Alexander von Humboldt de Andrea Wulf. Editado por Taurus, Wulf viaja con Von Humboldt a través de la inmensidad. Una inmensidad que se vuelve mesurable gracias a la ciencia y el pensamiento crítico, y también a una buena dosis de buen humor y de sentirse tan grande cada mañana (aunque no comiera chilaquiles).

Conocí a Wulf en el Hay Festival del año pasado me pareció sorprendentemente pedante. Su libro no lo es. Ahora que viene Semana Santa recomiendo ponerlo al Kindle y llevarlo al destino de playa que mejor le acomode.

Bueno, tanto hablar y se me olvida el punto de este Garage. Alexander von Humboldt dejó una extensa obra epistolar. Salen cartas aquí y allá y hay coleccionistas de estos textos de sus proverbiales puño y letra.

Una de esas cartas está a punto de ser subastada en México por la casa Morton, este 27 de febrero. La misiva, fechada en 1849, está escrita en francés y dedicada a un tal Félix Liebrecht. En el texto Alexander habla de viajes (¿de qué si no?), sobre todo de su paso por las montañas de Ural, en Rusia, los famosos montes Urales. El viaje le impidió verse con el cónsul de México en Prusia.

El ganador de la subasta se lleva la carta y otros documentos, como una litografía con el retrato de Alexander y un texto por el centenario de su muerte escrito por Jaime Torres Bodet.

La cita, repito, es este 27 de febrero en la casa de subastas Morton, en Monte Athos 179 a las 5 de la tarde.

Ay, Alexander, qué grandes estamos esta mañana.

Concepción Moreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso